onzas, bien puede ser, de plata, o alguna otra cantidad? ¿Y afanarme en deciros los nombres, como oropimente, huesos quemados, escamas de hierro, que en polvo son molidos muy finamente? ¿Y cómo todo es metido en una olla de tierra, y echada la sal, y también la pimienta, antes de estos polvos de los que aquí hablo, y bien cubierto con una copa de vidrio? ¿Y de muchas otras cosas que allí había? ¿Y de los potes y vasos sellados con arcilla, para que nada del aire pudiera escapar? ¿Y del fuego suave y también vivo, que fue hecho? ¿Y del cuidado y la aflicción que teníamos en nuestros asuntos sublimando, y en amalgamando y calcinando el azogue, llamado mercurio crudo? Pues con todas nuestras tretas no podemos concluir. Nuestro oropimente y mercurio sublimado, nuestro litargirio molido también sobre el pórfido, de cada uno de estos una cierta cantidad, no nos ayuda, nuestro trabajo es en vano. Ni la ascensión de nuestros espíritus, ni nuestras materias que yacen todas fijas abajo, pueden en nuestro trabajo servirnos de nada; pues perdido es todo nuestro trabajo y fatiga, y todo el coste, al carajo, se pierde también, el cual en ello gastamos.
Hay también otra gran multitud de cosas Que a nuestro oficio son pertecinientes, Aunque yo por orden no las pueda relatar, Porque soy un hombre ignorante; Mas os las diré según me vengan a la mente, Aunque no pueda ponerlas en su clase, Como bol armoniaco, cardenillo, bórax; Y varios recipientes de tierra y de vidrio; Nuestros orinales y nuestros destilatorios, Fiolas, crisoles y sublimatorios, Cucurbitas y también alambiques, Y otros por el estilo, que no valen un bledo, No es necesario enumerarlos todos.