intención en tan orgulloso deseo de ser engrandecido y honrado ante la gente. Ahora bien, hay dos maneras de orgullo; la una está dentro del corazón del hombre, y la otra está fuera. De las cuales, ciertamente, estas cosas antedichas, y más de lo que he dicho, pertenecen al orgullo que está dentro del corazón del hombre; y hay otras especies de orgullo que están fuera: mas, sin embargo, la una de estas especies de orgullo es signo de la otra, exactamente como el alegre ramaje en la taberna es signo del vino que está en la bodega. Y esto se manifiesta en muchas cosas: como en el hablar y en el semblante, y en el atavío escandaloso de los vestidos; porque ciertamente, si no hubiera habido pecado en el vestido, Cristo no se habría fijado ni habría hablado tan pronto del vestido de aquel rico en el evangelio. Y san Gregorio dice que el vestido precioso es culpable por su carestía, y por su suavidad, y por su extrañeza y disfraz, y por la superfluidad o por la inmoderada escasez del mismo; ¡ay!, ¿no puede ver uno en nuestros días el pecaminoso y costoso atavío de los vestidos, y a saber, en demasiada superfluidad, o bien en muy desordenada escasez? En cuanto al primer pecado, en la superfluidad de los vestidos, que los hace tan caros, para daño del pueblo, no solo el costo del bordado, el disfraz, los cortes en pico, ajedrezados o en franjas, ondulados, en empalizada, entorchados o en listones, y el semejante desperdicio de tela en vanidad; sino que está también el costoso forro de pieles en sus sayos, tanto picado con cincel para hacer agujeros, tanto recorte de tijeras, con la superfluidad en la largura de los dichos sayos, arrastrando por el estiércol y por el fango, a caballo y asimismo a pie, tanto de hombre como de mujer, que todo ese arrastre es verdaderamente (en efecto) desperdiciado, consumido, raído y podrido con el estiércol, antes de que sea dado a los pobres, en gran daño de la antedicha gente pobre, y eso de varios modos: esto es a decir, cuanto más se desperdicia la tela, más ha de
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El cuento
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