dolencias frías, Las oscuras traiciones y los viejos planes: Mi mirada es la madre de la pestilencia. Ahora no llores más, pondré empeño En que Palamón, que es tu propio caballero, Tenga a su dama, como le prometiste. Aunque Mars ayude a su caballero, no obstante Entre vosotros debe haber paz alguna vez: Aunque no seáis de una misma complexión, Lo que cada día causa tal división, Yo soy tu abuelo, listo a tu voluntad; No llores ahora más, cumpliré tu deseo”. Ahora cesaré de hablar de los dioses de arriba, De Marte y de Venus, diosa del amor, Y os contaré tan claramente como pueda El gran propósito para el que comencé.
Gran era el fiesterío en Atenas tal día; Y también la lozana estación de aquel mayo Hacía a toda criatura estar en tal complacencia, Que todo aquel lunes justan y bailan, Y lo gastan en el alto servicio de Venus.
Mas por la causa de que debían levantarse Temprano al día siguiente para ver aquel combate, A su descanso se fueron por la noche.
Y a la mañana, cuando el día comenzó a nacer, de caballos y arneses, ruido y estrépito había en las posadas por doquier; y hacia el palacio cabalgaba gran tropel de señores, sobre corceles y palafrenes. Allí puedes ver el diseño de arreos tan extraños y ricos, y labrados con tal arte de orfebrería, de bordado y de acero; los escudos brillantes, las testeras y gualdrapas; yelmos cincelados en oro, coseletes, cotas de malla; señores con ropajes lujosos sobre sus corceles, caballeros de séquito y también escuderos, clavando las lanzas, abrochando los yelmos, lustrando los escudos, atando las correas; donde hacía falta, no estaban nada ociosos: los