ayunó, según leí, estaba en el Paraíso; y cuando él comió del fruto prohibido del árbol, al instante fue arrojado al dolor y a la pena. ¡Oh gula! bien deberíamos quejarnos de ti. ¡Oh! si supiera un hombre cuántas enfermedades se siguen del exceso y de las glotonerías, sería mucho más mesurado en su dieta al sentarse a su mesa. ¡Ay! la garganta corta, la boca tierna, hacen que este y oeste, y norte y sur, en la tierra, en el aire, en el agua, los hombres se afanen para conseguirle a un glotón manjares y bebidas delicadas. ¡Sobre este asunto, oh Pablo!, bien sabes tratar: la comida para el vientre, y el vientre asimismo para la comida, Dios los destruirá a ambos, como dice Pablo. ¡Ay!, cosa fea es, por mi fe, decir esta palabra, y más feo es el hecho, cuando el hombre bebe tanto del blanco y del tinto, que de su garganta hace su retrete a través de esa maldita superfluidad. El apóstol dice, llorando con gran piedad, que muchos andan, de los cuales os he hablado — lo digo ahora llorando con voz piadosa — que son enemigos de la cruz de Cristo; cuyo fin es la muerte; su dios es el vientre. Oh vientre, oh panza, apestosa es tu bolsa, llena por completo de estiércol y de corrupción; por cualquiera de tus extremos es vil el sonido. ¡Qué gran trabajo y costo cuesta mantenerte! Esos cocineros cómo machacan, cuelan y muelen, y transforman la sustancia en accidente, ¡para satisfacer todo tu apetito goloso! De los duros huesos extraen a golpes el tuétano, pues nada desechan que pueda pasar por la garganta suave y dulce. De especias y hojas, de corteza y raíz, su salsa será hecha con deleite, para hacerle tener un apetito más nuevo. Mas, ciertamente, quien frecuenta tales delicias está muerto mientras vive en esos vicios.
Una cosa lasciva es el vino, y la embriaguez Está llena de luchas y de mezquindades.