recursos de sus amigos y su renta.
Este carpintero se había casado de nuevo con una mujer, a la que amaba más que a su vida: tenía dieciocho años de edad, supongo.
Celoso era, y la tenía bien encerrada en su jaula, pues ella era brava y joven, y él anciano, y se creía muy probablemente un cornudo.
No conocía a Catón, pues su entendimiento era basto, el cual aconsejaba casarse con alguien semejante a uno.
Los hombres deben casarse según su condición, porque la juventud y la vejez suelen estar en disputa.
Pero dado que había caído en la trampa, debía soportar (como otra gente) su cuita.
Airosa era esta joven esposa, y además delgada y fina como una comadreja su figura.
- Llevaba un ceñidor de franjas de seda,
- una delantal también tan blanca como la leche matutina
- sobre sus caderas, provista de muchos pliegues.
- Blanca era su camisa, y bordada toda por delante,
- y también por detrás, alrededor de su cuello
- con seda negrocarbón, por dentro y también por fuera.
- Las cintas de su blanca cofia
- eran del mismo tono que su cuello;
- su cinta para el pelo era ancha de seda, y colocada muy arriba:
- y a buen seguro que tenía una mirada lasciva.
Poco pobladas eran sus cejas dos, y eran arqueadas, y negras como endrina. Era mucho más alegre de ver que el nuevo peral tierno; y más suave que la lana de un carnero.