era roja, sus ojos grises como los de un ganso, con ventanas de San Pablo entalladas en sus zapatos. Iba calzado con medias rojas muy primorosamente. Estaba vestido muy ajustada y pulcramente, todo con una casaca de un azul celeste claro; muy bellos y espesos estaban colocados los cordones. Y sobre ella llevaba una alegre sobrepelliz, tan blanca como la flor del espino. Muchacho alegre era, que Dios me salve; muy bien sabía sangrar, cortar y afeitar, y redactar un título de tierras y un finiquito. De veinte maneras sabía saltar y bailar, según la escuela de Oxford por entonces, y mover las piernas de aquí para allá; y tocar canciones en un pequeño rabel; además cantaba a veces un agudo fuerte. Y tan bien sabía tocar la guitarra. En todo el pueblo no había cervecería ni taberna que no visitara con su alegría, allí donde hubiera alguna moza tabernera agraciada. Pero a decir verdad, era un tanto quisquilloso con los pedos y con las palabras descaradas.
Este Absalón, que alegre era y galán, iba con un incensario en el día santo, incendiando a las esposas de la parroquia sin cesar; y muchas miradas dulces les lanzaba, y en especial a la esposa de este carpintero: mirarla le parecía una vida dichosa. Ella era tan pulcra, dulce y lasciva. Me atrevo a decir que, si ella hubiera sido un ratón, y él un gato, la habría apresado al instante. ¡Este clérigo parroquial, este alegre Absalón, tiene en su corazón tal anhelo de amor! Que de ninguna esposa aceptaba ofrenda alguna; por cortesía decía que no quería ninguna. La luna por la noche brillaba plena, clara y radiante, y Absalón ha tomado su cítola, pues pensaba en desvelarse por amores, y se fue, gallardo y amoroso, hasta que llegó a la casa del carpintero, poco después de que el gallo hubo cantado, y se acomodó bajo una ventana corrediza, que estaba en la pared del carpintero. Canta con su voz suave y aguda: