«Aún te hallas —dijo ella— en tal estado, que de tu vida no tienes aún seguridad; te concedo la vida si sabes decirme qué cosa es la que las mujeres más desean: ten cuidado, y salva tu nuca del hierro. Y si no puedes decírmelo al punto, aun así te daré licencia para marchar un año y un día, a buscar y aprender una respuesta suficiente en esta materia. Y garantía habré de tener, antes de que partas, de que entregarás tu cuerpo en este lugar».
¡Ay del gran caballero, y con gran pena suspiraba; mas ¿qué podía hacer? No siempre se hace lo que a uno le agradaba. Y al fin escogió marchar, y regresar, justo al año de acabar, con tal respuesta como Dios le quisiera proveer: y tomó su venia, y emprendió su deber.
Él buscó en cada casa y cada lugar, Donde esperaba hallar gracia y bienestar, Para saber qué es lo que más aman las mujeres: Pero no pudo llegar a ninguna costa, por doquiera, En la que pudiera hallar en esta materia A dos criaturas que estuvieran de acuerdo juntas.
Unos decían que a las damas más les place la riqueza, otros el honor, y otros la alegría; unos lujosos trajes, otros el lecho y su delicia, y a menudo enviudar y volver a casarse.
Unos decían que nuestro corazón halla más sosiego cuando somos lisonjeadas y alabadas. Estuvo bien cerca de la verdad, no mentiré; a una mujer la conquistamos mejor con adulación, y con atención y diligencia somos atrapadas, todas, grandes y pequeñas.
Y dicen otros que lo que más amamos es ser libres y hacer tal como queramos, y que nadie censure nuestro vicio sino que afirme que hay en ello juicio, pues la verdad es que ninguno de entre todos, si alguien nos llega a rozar llagas y modos, dejará de cocear por decirnos la verdad: pruébese y se hallará tal necedad.