Brotaron allí hierbas grandes y pequeñas, el regaliz y la valeriana, y muchos clavos de especia, y nuez moscada para echar en la ale, ya sea fresca o añeja, o para guardar en el cofre. Los pájaros cantaban, no se puede negar, el esmerejón y el papagayo, que era un gozo de oír; el torcaz hizo también su cantar, la torcuaz sobre la rama cantaba muy fuerte y claro. Don Thopas cayó en anhelo de amor tan pronto oyó cantar al zorzal, y espoleaba como si estuviera loco; su hermoso corcel al espolear tanto sudaba que se le podía exprimir, sus ijares estaban todos ensangrentados. Don Thopas también tan cansado estaba de cabalgar sobre la hierba blanda, tan férreo era su ánimo, que se echó en aquel lugar para dar a su corcel algún alivio, y le dio buen forraje. «¡Ay, Santa María, bendita sea!, ¿qué mal me hace este amor para atarme con tanta fuerza? Soñé toda esta noche, a fe mía, que una reina elfa será mi amada y dormirá bajo mi sayo. A una reina elfa amaré, a buen seguro, pues en este mundo no hay mujer digna de ser mi compañera en la villa; a todas las demás mujeres abandono, y a una reina elfa me entrego por valle y también por collado». A su silla trepó al punto, y espoleó sobre valla y piedra para buscar a una reina elfa, hasta que hubo cabalgado y andado tanto que halló en una morada oculta el país de Hadas, ¡tan salvaje!; pues en aquel país no había nadie que osara cabalgar o marchar hacia él, ni esposa ni hijo. Hasta que llegó un gran gigante, su nombre era don Olifante, un hombre peligroso en sus actos; dijo: «¡Muchacho, por Termagante, a menos que salgas al trote de mis dominios, al punto mato a tu corcel con mi maza. Aquí está la Reina de Hadas, con arpa, y chirimía, y sinfonía, morando en este lugar».
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Sir Thopas
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