El pueblo cristiano, que por la calle iba, entró para contemplar este prodigio: y a toda prisa mandaron llamar al préboste. Este vino al instante sin demora, y alabó a Cristo, que es rey del cielo, y también a su madre, honor de la humanidad; y después de esto mandó atar a los judíos.
Con tormento y con muerte vergonzosa a cada uno el previsor hizo a estos judíos expirar, que de este asesinato sabían, y eso al instante; no quiso tolerar tal maldades; el mal tendrá lo que el mal merece; por tanto con caballos salvajes los hizo desmembrar, y después los colgó según la ley.
El niño, con querella lastimera, fue alzado, entonando su canto sin cesar: y con honor y gran procesión doquiera, al próximo cabildo lo van a llevar. Su madre desmayada yacía a la par; apenas pudieron los allí presentes a esta nueva Raquel apartar de sus fuentes.
Sobre su féretro yacía el inocente delante del altar mientras la misa duraba; y, tras ella, el abad con su convento se apresuraron a enterrarlo raudos; y cuando el agua bendita le arrojaron, aún habló este niño, al ser rociado con el agua, ¡y cantó, O Alma redemptoris mater!
Este abad, que era un hombre santo, como los monjes son, o deben ser, a conjurar al niño puso tanto empeño, y dijo: «¡Oh, niño, hazme saber, por la Trinidad santa y su poder, por qué cantas así, dime la causa, si tienes degollado el cuello, a pausa?».
«Tengo la garganta cortada hasta el hueso del cuello», dijo este niño, «y, según la naturaleza, yo debí haber muerto, sí, hace mucho tiempo; pero Jesucristo, como halláis en los libros, quiere que su gloria dure y esté en la memoria; y, para la honra de su madre querida, aún puedo cantar O Alma alta y clara.
“Este pozo de gracia, de Cristo madre fiel, amé siempre con todo mi saber y mi cantar; y cuando mi vida hube de abjurar, a mí vino y me mandó