una dulce doncella, digna de que cualquier señor en su lecho yaciera, o de que la desposara un buen yeoman siquiera.
Ahora, señor, y bien señor, pasó tal caso, Que un día este afable Nicolás Se puso con la joven esposa a retozar y a jugar, Mientras su marido estaba en Oseney, Pues los clérigos son muy sutiles y muy mañosos.
Y a escondidas la cogió de la queint, Y dijo: «A fe, si no he de hacer mi voluntad, Por tu amor secreto, amada, me muero en verdad». Y la sostuvo con fuerza por las ancas, Y dijo: «Amada, ámame bien de una vez, O he de morir, así Dios me salve».
Y ella brincó cual potro en la traba:
- Y con la cabeza se retorció rauda,
- Y dijo: «No te besaré, por mi fe.
- Anda, déjalo ya —dijo ella—, déjalo, Nicolás,
- ¡O gritaré auxilio y ay de mí!
- Quita las manos, por tu cortesía».