ahorres nada, mi caro dueño y cura”.
Este falso ladrón, el Summonidor (dijo el Frayle), tenía siempre alcahuetas listas a su mano, como cualquier halcón de reclamo en Inglaterra, que le contaban todos los secretos que sabían— pues su conocimiento no venía de nuevo; eran sus confidentes en secreto. Sacaba gran provecho de ello por sí mismo: su amo no siempre sabía lo que ganaba. Sin mandamiento, a un hombre simple podía citar, bajo pena de la maldición de Cristo, y ellas estaban sumamente contentas de llenarle la bolsa, y de hacerle grandes festines en la taberna. Y así como Judas tenía bolsas pequeñas, y era un ladrón, justamente tal ladrón era él; su amo apenas tenía la mitad de su tributo. Él era (si he de darle su merecida alabanza) un ladrón, y también un Summonidor, y un alcahuete. Y tenía mozuelas en su séquito, de modo que, fuera sir Roberto o sir Hugo, o Jack, o Ralph, o quienquiera que fuese el que se acostaba con ellas, se lo decían al oído. Así la mozuela y él estaban de acuerdo; y él iba a buscar un mandamiento fingido, y al capítulo citaba a ambos dos, y esquilmaba al hombre, y dejaba ir a la mozuela. Entonces decía: «Amigo, por amor a ti haré que te borren de nuestras cartas negras; no tienes ya por qué inquietarte en este caso; soy tu amigo allí donde pueda servirte». Ciertamente conocía a muchos más sobornadores de los que es posible contar en dos años: pues en este mundo no hay perro de caza que pueda distinguir un ciervo herido de uno sano mejor que este Summonidor conocía a un lascivo taimado, o a un adúltero, o a un mancebo: y, como ese era el fruto de todas sus rentas, por tanto en ello ponía todo su empeño.
Y así aconteció que, un cierto día, este Somatén, al acecho siempre de su presa, salió a citar a una viuda, una vieja arpia, fingiendo un motivo, pues quería un soborno. Y ocurrió que vio montar delante de sí a un alegre ballestero junto al borde de un bosque: llevaba un arco y flechas brillantes y afiladas, vestía una casaca corta de verde, un sombrero en la cabeza con flecos negros. «Señor —dijo este Somatén—, salve y bien