paraíso o el infierno; sino que allí los dejo obrar a su manera hasta que toque vísperas y deban levantarse.
Fuese por destino, o áventura, Fuese por influjo, o por natúra, O constelación, que en tal estado Se hallaba el cielo en punto afortunado Como para entregar cédula de las obras de Venus (Pues todo tiene su hora, como dicen estos doctos), A cualquier mujer para ganar su amor, No sabría decirlo; mas el gran Dios de arriba, Que sabe que ningún acto carece de causa, Juzgue de todo, pues yo he de guardar silencio. Mas es verdad que esta fresca Mayo Ha recibido tal impresión aquel día De piedad hacia este enfermo Damián, Que de su corazón apartar no puede El recuerdo de aliviarle las penas. «Cierto —pensó ella—, a quien esto disguste No me importa, pues aquí le aseguro Amarle por encima de cualquier criatura, Aunque no tuviera más que su camisa». He aquí que la piedad pronto brota en noble pecho. Aquí podéis ver cuán excelente nobleza Hay en las mujeres cuando miran con tiento. Algún tirano hay —pues hay muchos— Que tiene un corazón más duro que la piedra, El cual le habría dejado morir en el lugar Mucho antes que concederle su gracia; Y luego se regocijaría en su cruel orgullo Y no le importaría ser homicida. Esta gentil Mayo, llena de piedad, Ella misma trazó una carta con su mano, En la cual le concedía su verdadera gracia; Nada faltaba, sino solo el día y el lugar, Donde pudiera ella satisfacer sus deseos: Pues sería exactamente como él dispusiera. Y cuando vio su momento, un buen día A visitar a este Damián se fue esta Mayo, Y con maña deslizó esta carta Bajo su almohada, para que la leyese si gustaba. Le tomó de la mano y se la apretó con fuerza, Tan en secreto que nadie se dio cuenta, Y le mandó sanar por completo; y se fue enseguida Con Jenaro, cuando este la mandó llamar.