vi su semblante. Mas a pesar de todo, pensé que era tan fiel, y además que debía regresar dentro de poco tiempo, a decir verdad, y la razón exigía también que él tuviera que irse por su honor, como a menudo sucede, de modo que hice de la necesidad virtud y lo tomé con calma, ya que así tenía que ser. Como mejor pude, le oculté mi pena y le tomé de la mano, por San Juan, y le dije así: «He aquí que soy toda vuestra; sed tal como he sido y seré para vos». Lo que él respondió no es necesario repetirlo; ¿quién puede hablar mejor que él, quién puede obrar peor? Cuando él hubo dicho todo bien, entonces hubo terminado. Por lo tanto, necesita una cuchara bien larga el que ha de comer con un demonio; así oí decir. Así que al fin él tuvo que seguir su camino, y voló adelante hasta que llegó a donde le plugo. Cuando le vino el propósito de descansar, creo que tenía aquel texto en mente, de que toda cosa que retorna a su naturaleza se alegra a sí misma; así dice la gente, según supongo; la gente ama por naturaleza la novedad, como hacen los pájaros que la gente alimenta en jaulas. Pues aunque les prestes atención noche y día, y esparzas su jaula hermosa y suave como la seda, y les des azúcar, miel, pan y leche, sin embargo, tan pronto como su puerta se abre, él echará abajo su vaso con las patas y se irá al bosque y comerá gusanos; tan amigos de novedades son con su comida, y aman las golosinas, por propia naturaleza; ninguna nobleza de sangre puede atarlos. Así le fue a este tercel, ¡ay el día! aunque fuera de noble cuna, fresco y alegre, y hermoso a la vista, y humilde y liberal, vio en una ocasión volar a un milano, y de pronto amó tanto a este milano, que todo su amor se ha ido por completo de mí: y ha falsificado su lealtad de este modo. Así tiene el milano mi amor a su servicio, y yo estoy perdida sin remedio”.
Y con tal voz este halcón prorumpió en llanto, y se desvaneció de nuevo en el regazo de Canacé. Grande fue el dolor que por el mal de aquella ave