Entre otras cosas que él ganó, Su carro, hecho de oro y pedrería, Este gran romano, este Aureliano, Se lo llevó consigo para que la gente lo viera.
Delante, en su triunfo, caminaba ella Con cadenas doradas colgando de su cuello; Coronada iba, según su rango, Y de pedrería iba su ropa llena.
¡Ay, Fortuna! aquella que antaño era temible para reyes y emperadores, ¡ahora toda la gente la increpa, ay! Y aquella que yelmo llevaba en rudos combates, y conquistó por la fuerza ciudades fuertes y torres, llevará ahora en su cabeza una mitra de lino; y la que portaba el cetro lleno de flores llevará una rueca, para saldar su deuda.
Aunque ese Nerón tan vicioso fuera Como cualquier demonio en lo hondo abismado, Aun así él, cual Suetonio nos dijera, Este vasto mundo tuvo subyugado, Este y Oeste, Sur y Septentrión abarcado.
De rubíes, zafiros y perlas blancas de albor Eran todas sus ropas de arriba a abajo bordadas, Pues en las gemas hallaba gran delicia y amor.
Más delicado, de más pompa ufana, Más orgulloso, emperador no hubo; Prenda que fuera de vestir ufana Un solo día, ya jamás probó; Redes de hilo de oro harto tenía Para pescar en Tíber, si jugaba; Su capricho era ley, pues parecía Que la Fortuna, fiel, le obedecía.
¡Cómo Roma ardió por su exquisitez!;
A los senadores dio muerte en un día, Para escuchar cómo la gente lloraba y gemía; Y mató a su hermano, y con su hermana yacía.
A su madre la dejó en penosa guarnición; Pues le rajó el vientre, para contemplar Dónde fue concebido; ¡ay, qué desolación! Que tan poco a su madre llegó a valorar.
No brotaron lágrimas de sus ojos por esa visión; mas dijo que era una hermosa mujer.