Un mancebo antaño vivía en nuestra ciudad, y era de oficio vivandero:
- Galán era, como jilguero en el soto,
- Moreno como una baya, un mozo bajo y apuesto:
- Con los rizos negros, peinados con gran esmero.
Y tan bien y alegremente sabía bailar, que era llamado Perkin el Parrandero. Estaba tan lleno de amor y de pasión, como el panal de miel dulce; bienaventurada la muchacha que con él pudiera encontrarse.
En cada boda quería cantar y brincar; amaba más la taberna que la tienda.
Pues cuando había alguna cabalgata en Cheap, de la tienda saltaba él hacia allá, y, hasta que hubo visto todo el espectáculo, y bailado bien, no volvía a aparecer; y se juntaba una caterva de su ralea, para brincar y cantar, y hacer tal diversión: y allí fijaban cita para encontrarse para jugar a los dados en tal calle.
Pues en la ciudad no había mancebo que mejor supiera tirar un par de dados que Perkin; y además era generoso con sus gastos, en lugar de la discreción. Eso lo notaba bien su amo en su negocio, pues a menudo hallaba su caja muy vacía.
Pues, a decir verdad, un mancebo parrandero, que frecuenta los dados, el desenfreno y la pasión, su amo lo pagará en su tienda, aun no teniendo parte en la juglaría.
Pues el robo y el desenfreno son intercambiables, sepan o no tocar la guitarra o laúdes. Juerga y honradez, en condición humilde, están a gresca todo el día, como se puede ver.