«¡Ah —dijo el Ballestero—, aquí va a empezar el juego; todo lo que sé os lo contaré ahora mismo, ya que se ha ido; ¡que el inmundo demonio lo fulmine! Pues jamás volveré a encontrarme con él en adelante, ni por un penique ni por una libra, os lo prometo.
Aquel que a ese juego me trajo por primera vez, antes de morir, que tenga pena y vergüenza. Pues es cosa seria para mí, ¡a fe mía!; bien lo siento, diga lo que diga cualquiera; y aun con todo mi dolor y toda mi congoja, con toda mi pena, fatiga y desdicha, nunca he podido dejarlo de ninguna manera.
¡Quiera ahora Dios que mi ingenio baste para contar todo lo que pertenece a ese arte! Mas no obstante contaré una parte; ya que mi señor se ha ido, no me guardaré nada; cuanto sé de tales cosas, voy a declararlo».