En Armórica, que es llamada Bretaña, hubo un caballero que amó y puso su empeño en servir a una dama de la mejor manera; y muchas fatigas, muchas grandes empresas realizó por su dama antes de que fuera conquistada: pues ella era una de las más bellas bajo el sol, y además procedía de un linaje tan alto, que apenas osaba este caballero, por temor, contarle su pena, su dolor y su angustia.
Mas, al fin, ella por su valía, y en especial por su humilde obsequio, cobró tanta piedad de su penitencia, que en secreto accedió por su parte a tomarlo por esposo y por señor (de tal señorío como los hombres tienen sobre sus esposas); y, para llevar una vida aún más dichosa, por su propia voluntad él le juró como caballero que jamás en toda su vida, ni de día ni de noche, asumiría autoridad alguna en contra de su voluntad, ni le mostraría celos, sino que la obedecería y seguiría su voluntad en todo, como cualquier amante debe hacerlo con su dama; salvo que el nombre de soberanía ese sí quiso conservarlo, por vergüenza de su rango.
Ella se lo agradeció, y con grandísima humildad le dijo: «Señor, ya que por vuestra hidalguía os ofrecéis a darm tan amplio dominio, ¡no quiera Dios jamás que entre nosotros dos, por culpa mía, haya guerra o contienda: Señor, seré vuestra humilde y fiel esposa, tened aquí mi palabra, hasta que mi corazón reviente». Así quedan ambos en paz y sosiego.
Por una parte, Sirës, con seguridad os digo, Que los amigos siempre deben obedecerse el uno al otro, Si desean mantenerse unidos por mucho tiempo. El amor no quiere ser coartado por el dominio. Cuando llega el dominio, al punto el dios del amor Bate sus alas y, adiós, se ha marchado. El amor es una cosa tan libre como cualquier espíritu. Por naturaleza, las mujeres desean la libertad, Y no ser encadenadas como una esclava; Y lo mismo hacen los hombres, si la verdad he de decir.