La llegada de los nuevos miembros de la real audiencia en México.
He dejado dichos más arriba los mandamientos que Su Majestad dictó respecto a la formación de una nueva Real Audiencia, la cual estuvo compuesta únicamente por hombres de inteligencia y estricta justicia, y se hizo elección de las siguientes personas:
- Don Sebastián Fuen Leal, como presidente, quien por entonces era obispo de Santo Domingo;
- oidores, el licenciado Maldonado, de Salamanca;
- Francisco de Cains, de Toro o de Zamora;
- Vasco de Quiroga, de Madrigal, posteriormente obispo de Michoacán; y
- Salmeron, de Madrid.
Los oidores llegaron a México antes que el presidente, y tanto ellos como este último, que llegó pocos días después, fueron recibidos con gran esplendor.
Estos caballeros instituyeron inmediatamente una investigación general sobre el gobierno de los anteriores oidores.
Multitud de habitantes, con los procuradores de todas las poblaciones de la Nueva España, además de varios caciques indios, acudieron sin demora a México y presentaron tal masa de acusaciones contra los anteriores oidores por opresión, extorsión e injusticia, que los actuales oidores quedaron sumamente atónitos.
Los agentes de Cortés también se quejaron de la manera ilegal en que Nuño de Guzmán y sus colegas se habían apoderado de una parte de los bienes de este último y la habían vendido en subasta pública al mejor postor. Los agentes reclamaron entonces una indemnización por valor de 200.000 pesos.
Como Nuño de Guzmán se negó a comparecer en México a la citación de los oidores, negándose obstinadamente a abandonar la provincia de Xalisco, Delgadillo y Matienzo tuvieron que responder solos a todas estas acusaciones; sin embargo, echaron toda la culpa sobre los hombros de Guzmán, quien, según dijeron, en su calidad de presidente había obrado por autoridad propia y, por lo tanto, era el único responsable.
Como Guzmán se negó a comparecer ante los oidores, todo lo que pudieron hacer por el momento fue enviar a su majestad una relación del estado de los asuntos en la Nueva España; pues temían que, al emplear la fuerza abierta, se provocara una insurrección en todo el país.
El Consejo de Indias, al recibir esta información, despachó a México al licenciado de la Torre, con órdenes de trasladarse en persona a la provincia de Xalisco, para instituir allí una investigación contra Guzmán y llevarlo prisionero a México.
Este licenciado también iba facultado para velar por que Guzmán nos devolviera el dinero que nos había obligado a pagar a la mujer de Narváez, como indemnización por las pérdidas que este último sufrió en nuestra expedición contra él.
Los oidores entretanto continuaron sus investigaciones, y ante todo ordenaron que se vendieran las posesiones de Delgadillo y de Matienzo, para pagar las reclamaciones que se habían hecho en su contra; y como el dinero recaudado por la venta de sus bienes no era suficiente para satisfacerlas, debían ser encarcelados.
De igual manera procedieron con Berrio, el hermano de Delgadillo, quien, en su calidad de alcalde mayor de Guaxaca, había tenido a bien ejercer toda clase de opresiones. La totalidad de sus bienes fue vendida y él mismo arrojado a prisión, donde murió tiempo después.
Otro de los parientes de Delgadillo, alcalde mayor de la tierra de los zapotecas, corrió una suerte similar.
Los nuevos censores eran en todo estrictamente honrados y justos en sus procedimientos; eran, en verdad, hombres cuyo único objetivo era servir a Dios y velar por los verdaderos intereses de la corona. Eran infatigables en sus trabajos para promover la felicidad de la población indígena, promulgaron las mejores ordenanzas para que fueran instruidos en la doctrina de nuestra santa fe y abolieron todo nuevo marcaje de esclavos.
Como dos de los oidores, Salmerón y Caínos, eran muy abanzados en edad, suplicaron a su majestad, tras una estancia de cuatro años en México, permiso para regresar a España, a fin de pasar allí, en paz y retiro, las grandes fortunas que honradamente habían ganado.
Su majestad, hallándose satisfechamente convencido de la excelente conducta que habían observado en su gobierno, les concedió gustoso la petición.
El emperador al mismo tiempo llamó también al presidente don Sebastián, para enterarse por él del verdadero estado de los asuntos en la Nueva España, y poco después lo nombró presidente de la real chancillería de Granada. De este lugar fue trasladado algún tiempo después a Valladolid, hecho obispo de Tui, poco después obispo de León y luego obispo de Cuenca; de modo que un nombramiento episcopal sucedió al otro con rápida sucesión, todos los cuales obtuvo por la estricta justicia que guardaba en todos los asuntos que ante él venían.
Después de esta última promoción la muerte se lo llevó, y me parece, conforme a nuestra santa fe, que está revestido con la gloria de los bienaventurados en el cielo.
Durante la estancia de este excelente hombre en México tuve a menudo ocasión de conferenciar personalmente con él, y en todo tiempo lo hallé un hombre de excelente disposición, cuyo amor a la justicia no conocía límites. La misma bondad de corazón que había mostrado como obispo de Santo Domingo, y previamente como inquisidor en Sevilla.
El licenciado Alonso Maldonado, a quien Su Majestad nombró presidente y gobernador de las provincias de Guatemala, Honduras y Nicaragua, poseía asimismo todas las buenas cualidades, y fue nombrado posteriormente gobernador de Yucatán junto con su suegro Don Francisco de Montejo.
El licenciado Quiroga poseía también virtudes semejantes, y fue nombrado después obispo de Mechoacán. De este modo fueron recompensados estos excelentes hombres por sus virtudes; mientras que Delgadillo y Matienzo regresaron pobres y despreciados a España, donde murieron un par de años más tarde en la oscuridad.
Por este tiempo pluguiso a su majestad nombrar por virrey de la Nueva España al ilustre y excelente caballero don Antonio de Mendoza, cuya memoria será honrada por toda la eternidad.
El virrey trajo consigo, como nuevos oidores, al doctor Quesada, de Ledesma, y al licenciado Tejada, de Logroño. Como el oidor Maldonado partió poco después para la provincia de Guatemala, se nombró en su lugar a otra persona llamada Loaisa, natural de Ciudad Real. Era un hombre de avanzada edad y, tras permanecer unos años en México, regresó a España con una considerable fortuna.
Después de él fue nombrado oidor el licenciado Santillana, de Sevilla, y todos estos hombres observaron en su conducta la más estricta justicia. Su entrada en México fue extraordinariamente espléndida y anunciaron inmediatamente al público que todas aquellas personas que tuviesen alguna queja que hacer contra los antiguos miembros de la Audiencia debían presentarla sin demora. Sin embargo, ni una sola persona se presentó a formular ninguna, y su gobierno fue declarado irreprochable.
Lo primero que hizo el virrey a su llegada a México fue intentar que Nuño de Guzmán aceptara un acuerdo, sin recurrir a la fuerza abierta. Con este fin lo invitó a México; y cuando hubo llegado allí, le dio alojamiento en su propio palacio, lo trató con todo el respeto posible y le permitió comer todos los días en su propia mesa.
Mientras Guzmán se alojaba allí, llegó el licenciado De la Torre, quien había sido comisionado por su majestad para apresar a Guzmán y, tras comunicarse con el virrey, someterlo a juicio. El licenciado De la Torre, sin embargo, al descubrir que el virrey mostraba muy poca disposición para ayudarlo en este asunto, se personó en su palacio, capturó a Guzmán y lo arrojó a prisión, donde permaneció durante varios días, hasta que el virrey lo puso en libertad de nuevo.
Cuando la parte descontenta de los habitantes de México descubrió que el licenciado De la Torre estaba decidido a investigar hasta el más mínimo detalle la conducta reciente de Guzmán, si no podían hacer otra cosa, al menos se propusieron dañar su buena reputación, para lo cual la inclinación del licenciado por el juego les brindó la mejor oportunidad.
Por entonces era costumbre (particularmente entre aquellos que ejercían en los tribunales) llevar una especie de casaca holgada de mangas muy ancha. En el interior de una de las mangas de una casaca de este tipo perteneciente al licenciado, uno de los partidarios de Guzmán se ingenió para fijar una pequeña baraja de naipes de tal manera que no se cayeran de inmediato.
Cuando el licenciado, acompañado por varios personajes distinguidos, cruzaba la gran plaza de México, la persona que había ocultado los naipes se las ingenió para que estos cayeran uno tras otro de su manga al suelo, de modo que iban dejando un rastro a su paso. Finalmente, esto fue observado por quienes lo acompañaban, quienes le llamaron la atención sobre lo que caía de su casaca.
Esta maliciosa travesura, como podrá imaginarse, disgustó enormemente al licenciado, quien exclamó: «Me parece que a la gente de aquí no le agrada del todo la justicia imparcial que imparto; sin embargo, si vivo, su majestad será sin duda informado de la afrenta que de este modo se me ha hecho».
Pocos días después de haberle jugado esta mala pasada, cayó enfermo de pura rabia y murió.