yacían en los calzos muy cerca del lago; de hecho, en tres ocasiones distintas habían intentado prenderles fuego, oportunidad en la que tomamos prisioneros a quince de los suyos, quienes nos dieron cuenta muy detallada de todo lo que pasaba en la ciudad de México y de los designios de Cuauhtémoc. Estaba decidido, según dijeron, a no hacer la paz con nosotros bajo ninguna consideración; los mexicanos se habían propuesto perecer en la batalla o destruirnos a todos.
Un despacho tras otro fue enviado a los pueblos sujetos a México, ordenando a los habitantes que hicieran preparativos vigorosos para la guerra, y ya no se exigiría tributo.
Día y noche trabajaban los mexicanos para profundizar y ensanchar los acequias que cruzaban las calzadas, las cuales fueron fortificadas y aseguradas con estacadas.
Para defenderse de nuestros caballos habían construido picas largas, a cuyo extremo habían atado nuestras propias espadas que habían tomado la noche de nuestra retirada de México.
Se habían provisto de gran cantidad de piedras redondas para sus hondas y de grandes montantes, con abundancia de otras armas.
No menos assiduos fuimos en nuestros aprestos bélicos, y las acequias que se habían cavado para la botadura de nuestros bergantines tenían ya suficiente anchura y profundidad para hacer flotar naves de considerable calado;8 lo cual, sin embargo, no es de extrañar, pues 8000 indios se ocupaban diariamente en esta labor.