Por este tiempo nuestros aliados de Huexotzinco, Cholulla, Tezcuco y Tlascalla se habían cansado de la guerra y acordaron en secreto entre ellos regresar a sus hogares. Sin decirle una sola palabra a Cortés, a Sandoval ni a Alvarado, todos abandonaron repentinamente nuestros campamentos, y solo unos pocos de los más fieles se quedaron con nosotros.
En la división de Cortés se quedó un hermano del rey de Tezcuco, el valiente Suchel (quien posteriormente fue bautizado con el nombre de Don Carlos), con unos cuarenta de sus parientes y amigos. En la división de Sandoval, un cacique de Huexotzinco, con unos cincuenta hombres; y en la nuestra, los hijos de nuestro honrado amigo Don Lorenzo de Vargas, con el valiente Chichimeclatecl y unos ochenta hombres.
No poco consternados nos hallamos al ver que nuestros aliados se habían marchado así de repente, y cuando Cortés preguntó a los que se habían quedado acerca de los motivos que habían inducido a sus compatriotas a abandonarnos, respondieron que sus compañeros al fin habían empezado a temer las amenazas de los mexicanos y los oráculos de sus ídolos, según los cuales todos seríamos destruidos, en especial al ver cuántos de los nuestros habían muerto y resultado heridos, además de sus propias grandes pérdidas, que ya ascendían a más de 1200 hombres.
A todo esto se sumaban las advertencias del joven Xicoténcatl, a quien Cortés había mandado ahorcar en Tezcuco, a saber, que tarde o temprano todos seríamos ejecutados, tal como se lo habían asegurado sus adivinos.
Nuestro general estaba muy alarmado por esta deserción, pero cuidó de ocultar sus verdaderos sentimientos a aquellos pocos de nuestros aliados que habían permanecido fieles, y se limitó a comentar, con una sonrisa apacible en el rostro, que no había nada que temer, y que le sorprendía