El Todopoderoso, sin embargo, en su misericordia, impidió que se llevase a efecto este horrible hecho, cuyas consecuencias habrían sido divisiones continuas, la inevitable pérdida de la Nueva España y la total destrucción de nuestras tropas. Toda esta conjura le fue descubierta a Cortés por uno de nuestros soldados un par de días después de su regreso a Tezco, y tuvo así tiempo suficiente para adoptar medidas enérgicas con el fin de sofocarla antes de que se extendiera más. El hombre honrado que se la descubrió le aseguró también que entre los conjurados había varios hombres de jerarquía.
Cortés, después de recompensar generosamente a este hombre, comunicó todo el asunto, bajo secreto de confesión, a los oficiales Alvarado, Oli, Lugo, Sandoval, Tapia y a mí; asimismo a los dos alcaldes de ese año y a todos aquellos en quienes podía depositar su confianza. Acto seguido, nos ordenó que nos armásemos sin más demora, y procedió con nosotros hacia los aposentos de Antonio de Villafaña.
Al entrar en su apartamento lo hallamos conversando con varios de los conjurados, y los cuatro alguaciles que nos acompañaban lo arrestaron de inmediato.
El resto emprendió la huida al instante, pero Cortés mandó a capturar a muchos de ellos. Hallándose así Villafaña en nuestro poder, Cortés metió la mano en el pecho de aquel oficial y sacó un papel que contenía todo el plan de los conspiradores, al cual estaban adjuntos todos sus nombres.
Cortés, al leer este papel, encontró los nombres de varios hombres de importancia entre la lista de los conjurados; y, deseando librarlos de la deshonra, dio a entender después que Villafaña se había tragado el papel, y que él mismo no lo había leído ni tampoco llegado a ver.
Se instauró entonces un proceso criminal contra Villafaña, quien, junto con varios otros que estaban implicados en él, hizo una confesión