Luego que Sandoval hubo despachado a sus mensajeros con estas cartas, y conducido a nuestros amigos los tlascaltecas a donde estuvieran fuera del alcance del enemigo, regresó marchando a Chalco, que no distaba mucho.
En esta marcha iba particularmente sobre aviso, pues sabía muy bien que las tropas mexicanas acechaban por todas partes y se ocultaban en cada casa. Y en efecto, no hubo avanzado mucho por una extensión llana de terreno, cubierta de plantaciones de maguey y maíz, cuando fue vigorosamente atacado.
El enemigo llevaba en esta ocasión, además de sus armas habituales, picas largas, ideadas especialmente contra la carga de nuestra caballería sobre su línea. Sandoval, sin embargo, rompió dos veces sus densas filas y, con la tropa española y el pequeño cuerpo de aliados que aún nos quedaba, expulsó por completo al enemigo del campo.
Cinco españoles, seis caballos y muchos de nuestros aliados resultaron heridos. Esta vez el enemigo recibió un severo castigo por el nuevo ataque que hizo a nuestras tropas; y, entre los ocho prisioneros que se hicieron, tres eran mexicanos de distinción.
Cuando los habitantes de Chalco, que se hallaba a poca distancia del campo de batalla, supieron que Sandoval se acercaba a su pueblo, salieron a recibirlo y manifestaron su gran alegría por la victoria que había obtenido.
Al día siguiente, Sandoval comunicó a los habitantes que se veía en la obligación de marchar de nuevo hacia Tezcuco. Ellos le dijeron que deseaban acompañarle para presentar sus respetos a Malinche, y para