las casas, además de estar tan regularmente construidas. Su población ascendía a más de 4000 almas, en lo cual no se incluye la de los muchos municipios circundantes, a pesar de que todos ellos estaban sujetos a Chiapa. Temprano a la mañana siguiente, por consiguiente, marchamos hacia este lugar y observamos la más extrema precaución militar; pero apenas habíamos avanzado una milla cuando dimos con las fuerzas unidas de esta provincia. El enemigo, con sorprendente rapidez y ataviado con su más espléndido traje de guerra, se nos echó encima por todas partes a la vez entre alaridos espantosos, y luchó con la ferocidad de leones enfurecidos. Nuestro artillero negro (pues era en todos sentidos merecedor de tal denominación), en el pavor del momento había perdido por completo el juicio y se olvidó de disparar el cañón; pero cuando al fin, gritándole a más no poder, reunió el valor suficiente para dispararlo con mano temblorosa, hirió a tres de nuestros propios hombres, en lugar de causar estragos entre las filas enemigas. Nuestro capitán, al ver cómo estaban las cosas, ordenó entonces a la caballería formarse en los pequeños cuerpos arriba mencionados, y al resto de las tropas cerrarse en un cuerpo firme y compacto para arremeter de este modo con vigor contra el enemigo; pero sus números eran demasiado grandes, y si no hubiera habido muchos de nosotros presentes que estaban acostumbrados a la guerra con los indios, el resto de las tropas habría caído en la mayor de las consternaciones. Nos sorprendió en verdad ver cuán firmemente estos indios mantenían su posición. El padre Juan nos alentaba constantemente al ataque diciendo: «Que nuestra recompensa estaría con Dios y con el emperador». Nuestro capitán asimismo nos animaba con el grito de: «¡Adelante, caballeros, Santiago está con nosotros!». Y entonces caímos sobre el enemigo con renovado valor y los obligamos a ceder terreno.
Table of Contents
CAPÍTULO CLXVI.
340