Los caziques habían asumido asimismo un tono diferente al del día anterior, y algunos de los habitantes de Quetzaltenanco informaron en secreto a Alvarado de que los caziques de Utatlán pretendían caer de imprevisto sobre sus tropas durante la noche y masacrarlas a todas; con cuyo propósito habían ocultado a un buen número de sus guerreros en las hondonadas contiguas, los cuales debían salir precipitadamente de su escondite en el instante en que observasen el humo elevándose de las casas de la ciudad, que serían incendiadas, y abalanzarse sobre los españoles, que quedarían medio sofocados por el humo y las llamas, mientras los habitantes los atacaban por otro flanco.
Tan pronto como Alvarado tuvo noticia del inminente peligro que lo amenazaba, reunió a los oficiales y a la totalidad de los hombres, y les informó de lo que había oído, añadiendo que la seguridad de ellos dependía ahora de que abandonaran la ciudad tan rápido como fuera posible y alcanzaran algún lugar llano entre las hondonadas, pues ya era demasiado tarde para llegar al campo abierto.
Hizo entonces los preparativos necesarios para que las tropas abandonaran el lugar y visitó a los principales personajes de la ciudad, como si estuviera totalmente ajeno a los designios de estos; pero en el transcurso de la conversación comentó, como por casualidad, que sus caballos solían salir a pacer durante un cierto tiempo cada día, por lo cual se vería obligado a salir de nuevo de la ciudad, donde, en conjunto, las casas estaban demasiado apiñadas y las calles eran demasiado estrechas para él.
Esto cayó como un trueno sobre los caciques, ni pudieron ocultar su dolor y disgusto internos al ver a los españoles marchar de nuevo.
Apenas Alvarado estuvo fuera del pueblo, se quitó la máscara, ordenó que apresaran al cacique principal y este fue juzgado en debida forma por un consejo de guerra, que lo condenó a la hoguera.