decir que no tenían deseo de venir, y nosotros prendimos fuego a la mitad de las casas del pueblo, para atemorizar a los demás pueblos de este distrito y obligarlos a obedecer. No fue sino hasta entonces cuando los caciques de Yauhtepec, por cuyo territorio habíamos pasado este día, se presentaron y se declararon vasallos de nuestro emperador.
Al día siguiente marchamos a Coadalbaca, que a menudo denominábamos erróneamente Cuernavaca.15
En esta población había una fuerte guarnición de mexicas, además de las tropas del lugar mismo, y su acceso era difícil debido a una hondonada de ocho brazas de profundidad que se encontraba frente al pueblo y por la que corría un pequeño arroyo de agua. No había otro modo de que nuestra caballería entrara en el pueblo que por dos puentes, pero estos habían sido quemados por el enemigo, que se encontraba fuertemente atrincherado al otro lado de esta profunda hondonada y nos hostigaba incesantemente con sus flechas, lanzas y hondas.
Mientras así nos atacaban, Cortés recibió noticia de que un par de millas más arriba había un lugar por donde nuestra caballería podía pasar. Nuestro general se dirigió por tanto inmediatamente allí con los caballos, mientras el resto de nosotros nos esforzábamos por cruzar de la mejor manera que pudimos. Lo logramos por encima de nuestras expectativas, trepando y avanzando por las ramas de los árboles que crecían a cada lado de este barranco, pero esto conllevó un peligro considerable, y tres de nuestros hombres cayeron al agua, uno de los cuales se rompió una pierna. La cabeza me daba vueltas mientras cruzaba de este modo el abismo; pero tan pronto como veinte o treinta de nosotros, con un gran número de tlaxcaltecas, hubimos llegado al lado opuesto, caímos sobre la retaguardia de los mexicanos antes de que se dieran cuenta en lo más mínimo; pues