al poder supremo en su propio país, la cual le ofrecía la ausencia de Chichimecatecle, quien, en su opinión, era la única persona que se interponía en su camino desde la muerte de Maxixcatzin, ya que no temía ninguna oposición por parte de su viejo padre ciego. Este Xicoténcatl, añadieron además los tlaxcaltecas, nunca había sentido una verdadera inclinación a unirse a nosotros en la guerra contra México, sino que les había asegurado frecuentemente que esta terminaría con la destrucción de todos nosotros.22
Cuando Chichimeclatecl recibió noticia de esto, regresó al instante a Tezcuco para informar de ello a Cortés. Nuestro general, al oír esto, envió tras Xicotencatl a cinco personajes distinguidos de Tezcuco y a dos tlaxcaltecas, que eran amigos suyos particulares, para pedirle en nombre de Cortés que regresara de inmediato con sus tropas.
Debían recordarle que su padre Lorenzo de Vargas ciertamente habría salido en persona a campaña contra México si la ceguera y la vejez no se lo hubiesen impedido; que toda la población de Tlaxcala seguía siendo leal a su majestad, y que la revuelta que pretendía excitar arrojaría deshonor sobre su propia patria. Cortés deseaba que estas representaciones fuesen acompañadas de grandes promesas para inducirlo a volver a la obediencia.
Xicotencatl, sin embargo, respondió con arrogancia que estaba decidido a mantener su resolución, y que nuestro dominio en este país no habría durado tanto tiempo si su padre y Maxixcatzin hubiesen seguido su consejo.
Sobre esto nuestro general mandó a un alguacil que fuera a toda prisa con cuatro de nuestros de a caballo y cinco hombres principales de Tezcuco a la morada de Xicotencatl, para apresarle y ahorcarle sin más ceremonia.