Luego convocó a los habitantes de toda la comarca circundante para que le enviasen embajadores y se declarasen vasallos de nuestro emperador, lo cual no tardaron en cumplir cuando comprendieron que Malinche, el conquistador de México, había llegado en persona; y trajeron al mismo tiempo una cantidad de bastimentos para él.
Como los caciques de los cuatro pueblos principales se hallaban todos juntos en presencia de Cortés, este aprovechó la oportunidad para dirigirles una larga alocución, la cual les fue interpretada por Doña Marina.
Primero les habló de nuestra santa religión, y luego de nuestro gran emperador Don Carlos de Austria, que tenía dominio sobre tantos países y naciones; de cómo su majestad nos había enviado expresamente a estas tierras con el fin de abolir de entre ellos toda idolatría, robo, el sacrificio de seres humanos, la antropofagia y otras abominaciones, así como de acostumbrarlos a vivir en paz y armonía unos con otros.
Por tanto, era su deber, añadió, someterse a un monarca tan inclinado a la clemencia y prestarnos toda la ayuda que estuviera en sus manos; pero que, por otra parte, se vería obligado a castigar severamente a quienes de algún modo quebrantasen la paz.
Después de esto, el padre Juan de las Varillas y los dos frailes franciscanos les predicaron un sermón edificante, el cual dos mexicanos que entendían la lengua española, y otras personas, interpretaron a los caciques, quienes escucharon con gran atención todo lo que se dijo, y de buen grado se reconocieron vasallos de nuestro emperador, y prometieron obedecer a Malinche en todo. Nuestro general les ordenó entonces que proveyeran a la colonia de bastimentos y que enviaran a un número de indios con las herramientas necesarias para nivelar una pequeña altura que había en el pueblo y estorbaba la vista del puerto y del mar. También les pidió que fueran con