las cartas de Sandoval y Cortés, en las cuales nos informaban de su inminente partida hacia México, con órdenes de que marcháramos allí por tierra. Como habíamos esperado así en vano durante mucho tiempo alguna noticia de Trujillo, Luis Marín determinó, con nuestro unánime consentimiento, enviar a unos cuantos jinetes allá para averiguar cómo estaban las cosas. Fuimos diez los que salimos de Naco en esta ocasión, bajo el mando de Francisco Marmolejo. Ya nos habíamos abierto paso luchando a través de varias tribus hostiles hasta Olancho, que actualmente se llama Guayape, abundante en lucrativas minas de oro, cuando nos encontramos casualmente con dos españoles enfermos y un negro, quienes nos aseguraron que Cortés había zarparon hacía varios días hacia México, con Sandoval y todos los demás conquistadores que estaban con él. Añadieron luego que le habían persuadido a embarcarse debido a las súplicas universales de los ciudadanos de México, los cuales habían enviado a uno de los frailes franciscanos a Trujillo para apresurar su salida. Saavedra se había quedado atrás en esta última población como comandante, y debía además someter la comarca circundante.
Esta nueva llenó de alegría todos nuestros corazones, e inmediatamente enviamos una carta por medio de algunos de los habitantes de Olancho a Saavedra para obtener más información, y en el espacio de cuatro días recibimos respuesta suya, confirmando el relato de los dos españoles. Dimos gracias a Dios por esta buena noticia y nos pusimos en marcha al instante hacia el lugar donde Luis Marín estaba acampado. Lo encontramos en el pueblo de Acalteca, y no fue pequeña su alegría por las buenas nuevas que le llevábamos.
Sin más dilación, levantamos entonces nuestro campamento y emprendimos la marcha hacia México. Tomamos nuestro camino por el