Sandoval se enfureció terriblemente por este último suceso, y juró que preferiría ir a la batalla con unos pocos hombres que supieran luchar que con un gran número que no supiera; y entonces instruyó a la caballería sobre cómo apuntar al rostro del enemigo y, si los indios asian las lanzas, cómo sostenerlas firmemente con la mano colocada bajo el brazo, espolear a los caballos y, mediante un tirón repentino, arrebatar la lanza de las manos del enemigo o arrastrarlo junto con ella.
Tras este combate, en el que ninguna de las partes había sacado ventaja a la otra, Sandoval acampó por la noche cerca de un pequeño río. Aquí dispuso cuidadosamente sus guardias y, aleccionado por la experiencia en nuestras batallas con los mexicanos, ordenó a sus tropas auxiliares que acampasen a buena distancia de los españoles para evitar toda confusión si el enemigo iniciaba el ataque en la oscuridad. Sandoval tenía ciertamente todos los motivos para suponer que los indios caerían sobre él por la noche, pues habían tomado una posición tan cercana a su campamento