En estas poblaciones hallaron, en bodegas subterráneas, un gran número de grandes tinajas de barro llenas de vino de la tierra.32 Nuestro general, tras marchar de este modo durante otros cinco días y sin encontrarse por ningún lado con ninguno de los habitantes, regresó al río Chila.
Cortés invitó ahora de nuevo a los habitantes de la orilla opuesta del río a que enviaran embajadores para concluir la paz con él, y esta vez tuvo más éxito; pues, como habían perdido un gran número de hombres y temían otra incursión en su país, mandaron decir que nos enviarían mensajeros de paz transcurridos cuatro días, tiempo que necesitaban para reunir algo de oro como presente.
Cortés esperó por tanto pacientemente el plazo especificado; pero, como no vino nadie, determinó entonces atacar una gran población que se hallaba a orillas de un lago, rodeada de ríos y ciénagas. Este lugar estaba decidido a atacarlo por el lado del lago, para lo cual tenía que cruzar este último; y esto lo logró mediante canoas atadas de dos en dos.
En ellas se embarcó una parte de nuestras tropas, con un gran número de mexicanos, en una noche oscura y lluviosa, cruzaron el lago sin ser vistos y cayeron sobre la ciudad antes de que los habitantes se dieran cuenta en lo más mínimo. La ciudad fue completamente destruida y la mayor parte de los habitantes muertos, llevándose nuestros auxiliares mexicanos un rico botín.
Tan pronto como los habitantes del vecindario circundante recibieron noticias de esto, ya no dudaron en cuanto a lo que debían hacer; y, en el espacio de cinco días, emisarios de paz llegaron a raudales por todas partes, negándose únicamente a enviar embajadores las tribus montañesas más distantes, cuyo territorio nuestras tropas aún no habían visitado.