hombres en dos cuerpos, de los cuales uno debía atacar el primer desfiladero y el otro el segundo. A los ballesteros y mosqueteros se les indicó que mantuvieran un fuego constante sobre el enemigo, el cual, sin embargo, opuso a su vez una fuerte resistencia e hirió a varios de los soldados españoles y auxiliares.
Cuando Sandoval vio que todos sus intentos por forzar el primer desfiladero resultaban infructuosos, y al no tener mejor suerte al día siguiente, envió órdenes para que el otro cuerpo, que había tenido el mismo fracaso en el segundo desfiladero, emprendiera el regreso por el camino que conducía a México, retirando él mismo a sus hombres en la misma dirección.
El enemigo, que imaginó que se retiraba por miedo, abandonó asimismo su posición y siguió a Sandoval con gritos terroríficos.
Este último acampó ahora en un lugar seguro, donde permaneció tranquilo durante tres días; y una medianoche, cuando creía que el enemigo estaba menos en guardia, levantó repentinamente su campamento y, con la caballería a la vanguardia, se abrió paso a través de los estrechos desfiladeros con la totalidad de sus tropas; pero aun así lo logró con gran dificultad, y tres de sus caballos resultaron muertos, además de un gran número de soldados heridos; sin embargo, tan pronto como hubo tomado la posición ventajosa, cayó con gran ímpetu sobre el enemigo, el cual había recibido considerables refuerzos durante la noche.
Tan enormemente había aumentado su número, que comenzó a albergar serias dudas sobre el resultado de la batalla; por lo tanto, cerró firmemente sus filas y continuó combatiendo así contra el enemigo, que se abalanzaba sobre las puntas de las espadas con la ferocidad salvaje de tantos tigres, y llegaron incluso a arrebatar las lanzas a seis de los soldados de caballería menos experimentados.