El padre Olmedo, sin embargo, no dejó en paz a Cortés hasta que obtuvo su consentimiento, aunque este se dio de muy mala gana, pues el padre le era de una ayuda valiosa y un hombre con quien consultaba todos los asuntos de importancia.
Las instrucciones que recibió Alvarado fueron, sobre todo, procurar por todos los medios ganarse a los habitantes con bondad y amistad; además de lo cual, el padre Olmedo iba provisto de los intérpretes necesarios, por cuyo medio debía hacer todo esfuerzo para inducir a los naturales a abolir sus sacrificios humanos y otras abominaciones, y a conducirlos al seno de nuestra santa Iglesia cristiana.
Tan pronto como estas tropas estuvieron en orden de marcha, Alvarado se despidió de Cortés y salió de México el 13 de diciembre del año 1523.
Tomó su ruta por unas montañas en la provincia de Guantepec, y sofocó allí una insurrección que había estallado entre los habitantes del país.
Desde este lugar marchó al gran municipio de Tecuantepec, habitado por una tribu de los zapotecas, donde recibió un acogimiento de lo más cordial y hasta le obsequiaron con oro.
La provincia de Soconusco, a la que llegó a continuación, también la halló en absoluta paz. Por entonces este país estaba densamente poblado y contaba con unos 15.000 habitantes, los cuales se sometieron pacíficamente y le llevaron a Alvarado un presente de oro; pero tan pronto como abandonó esta provincia, todo comenzó a tomar un aspecto belicoso y, en la marcha del día siguiente, al llegar a las inmediaciones de los municipios de Zapotitlan, se topó con un puente que cruzaba un pequeño río, cerca del cual había un paso peligroso, y grandes contingentes del enemigo estaban formados en orden de batalla para impedir que Alvarado cruzara al otro lado.
Aquí tuvo Alvarado un reñido combate, y perdió un caballo, y tuvo muchos de sus hombres heridos, de los cuales uno murió poco después.