Cortés ordenó a todas estas tropas indígenas que se dirigieran a su cuartel general, habiendo tomado previamente la precaución de apostar destacamentos a lo largo de la línea de su marcha para protegerlas contra cualquier ataque del enemigo.
Cuando todos hubieron llegado, se adelantó hacia el centro de ellos y les habló en castellano, el cual fue interpretado por Aguilar y doña Marina. Les aseguró que nunca había dudado de que estuvieran bien y fielmente inclinados hacia él, desde el momento en que se habían vuelto súbditos de nuestro emperador y habían experimentado nuestra generosidad.
Cuando los había invitado a unirse a él en esta campaña contra México, no había tenido otro propósito en mira que el de que obtuvieran un beneficio real con ella y regresaran a sus hogares cargados de botín; y brindarles la oportunidad de vengarse de sus antiguos enemigos, con los que nunca habían podido medirse antes de nuestra llegada a su tierra.
Aunque habían luchado con valentía y nos habían ayudado firmemente en cada ocasión, debían tener presente, sin embargo, que todos los días ordenábamos a sus tropas que se retiraran de las calzadas, porque estorbaban nuestros movimientos; y aunque nuestro número había sido muy escaso, jamás habíamos tenido necesidad de su ayuda; pues les habíamos dicho una y otra vez que el Señor Jesús era nuestra fortaleza, de quien proviene toda victoria. Asimismo, estaban convencidos de que éramos capaces de arrasar casas hasta los cimientos y arrancar las empalizadas sin su ayuda.
Por lo demás, se veía obligado a hacerles la observación de que, según los estrictos artículos de guerra, se habían merecido la pena de muerte, pues habían abandonado a su general en un momento en que la batalla estaba en su apogeo.