Sobre todas las cosas debo destacar el gran valor que nuestros amigos Chichimeclatecl y los dos Xicotencatls más jóvenes demostraron en nuestras batallas con los mexicanos, y en general los eficaces servicios que nos prestaron.
Lo mismo debo decir de don Carlos, hermano del rey de Tezcuco, quien demostró ser un hombre de extraordinaria valentía y valor. Hubo también otro caudillo, de uno de los pueblos situados en la laguna, cuyo nombre he olvidado, que dio muestras de asombrosas proezas de heroísmo; y muchos otros jefes entre nuestros aliados se distinguieron en este asedio; por lo cual Cortés les dirigió una larga y elocuente alocución, prodigándoles los mayores elogios y agradeciéndoles su valiosa ayuda, y los despidió con la promesa de que pronto les obsequiaría con extensos territorios y numerosos vasallos, de modo que todos ellos llegaran a ser grandes caciques.
Como habían hecho un rico botín de telas de algodón, oro y otros objetos de valor, regresaron muy contentos a sus respectivos hogares; tampoco se olvidaron de llevarse consigo grandes cantidades de carne de los mexicanos que habían matado, la cual habían salado y ahumado, para sus parientes y amigos, a fin de regalarles con ella en sus festines.30
Hace ya mucho tiempo que libramos estas terribles batallas, las cuales continuaron sin interrupción día y noche, y no tengo palabras para agradecer al Todopoderoso mi preservación; y ahora debo relatar algo extraordinario que me sucedió.
El lector recordará que más arriba mencioné cómo podíamos ver a los mexicanos sacrificando a nuestros desdichados compatriotas; cómo les abrían el pecho, les arrancaban el corazón palpitante y se lo ofrecían a sus abominables ídolos. Este espectáculo me causó una impresión horrible, pero nadie debe imaginar que me faltaba valor o determinación; al contrario, me expuse