Aunque un príncipe puede ascender desde una condición privada de dos maneras, sin que ninguna de ellas pueda atribuirse por completo a la fortuna o al talento, me parece evidente que no debo omitirlas, aunque una de ellas pueda tratarse con mayor extensión cuando hable de las repúblicas. Estos métodos son cuando, ya sea por algún medio inicuo o nefando, uno asciende al principado, o cuando por el favor de sus conciudadanos un ciudadano privado se convierte en príncipe de su patria.
Y hablando del primer método, será ilustrado con dos ejemplos —uno antiguo, el otro moderno— y sin entrar en más detalles sobre el asunto, considero que estos dos ejemplos bastarán para quienes se vean en la necesidad de seguirlos.
Agatocles, el siciliano,15 llegó a ser rey de Siracusa no solo desde una condición privada, sino desde una posición baja y abyecta.
Este hombre, hijo de un alfarero, llevó siempre una vida infame a través de todos los cambios de su fortuna. Sin embargo, acompañó sus infamias con tanta capacidad de mente y de cuerpo que, habiéndose dedicado a la carrera militar, ascendió a través de sus rangos hasta ser pretor de Siracusa.
Establecido en esa posición, y habiéndose propuesto deliberadamente hacerse príncipe y apoderarse por la fuerza, sin deberlo a otros, de aquello que le había sido concedido por asentimiento, llegó a un acuerdo con este propósito con Amílcar, el cartaginés, quien, con su ejército, estaba combatiendo en Sicilia.
Una mañana convocó al pueblo y al senado de Siracusa, como si tuviera que debatir con ellos asuntos relativos a la República, y a una señal dada los soldados mataron a todos los senadores y a los más ricos del pueblo; muertos estos, se apoderó y retuvo el principado de dicha ciudad sin ninguna conmoción civil.
Y aunque fue derrotado dos veces por los cartagineses, y finalmente asediado, no solo pudo defender su ciudad, sino que, dejando a una parte de sus hombres para su defensa, con los demás atacó África y en poco tiempo levantó el asedio de Siracusa. Los cartagineses, reducidos a extrema necesidad, se vieron obligados a llegar a un acuerdo con Agatocles y, dejándole Sicilia, tuvieron que conformarse con la posesión de África.
Por tanto, quien considere las acciones y el genio de este hombre no verá nada, o muy poco, que pueda atribuirse a la fortuna, puesto que alcanzó la preeminencia, como se ha mostrado antes, no por el favor de nadie, sino paso a paso en la profesión militar, pasos que fueron ganados con mil penalidades y peligros, y que después fueron mantenidos audazmente por él con muchos riesgos azorosos.
Sin embargo, no puede llamarse talento matar a los conciudadanos, engañar a los amigos, carecer de fe, de piedad, de religión; tales métodos pueden dar el imperio, mas no la gloria.
Aun así, si se considera el coraje de Agatocles al entrar y salir de los peligros, junto con su grandeza de ánimo para soportar y superar las adversidades, no se ve por qué deba ser estimado en menos que los capitanes más notables.
No obstante, su crueldad bárbara y su inhumanidad con infinita maldad no permiten que sea celebrado entre los hombres más excelentes. Lo que logró no puede atribuirse ni a la fortuna ni al genio.
En nuestros tiempos, durante el pontificado de Alejandro VI, Oliverotto da Fermo, que había quedado huérfano muchos años antes, fue criado por su tío materno, Giovanni Fogliani, y en su primera juventud enviado a combatir bajo las órdenes de Pagolo Vitelli, para que, formado en su disciplina, pudiera alcanzar una posición elevada en la profesión militar.
Muerto Pagolo, combatió bajo las de su hermano Vitellozzo y, en muy poco tiempo, estando dotado de ingenio y de un cuerpo y un espíritu vigorosos, se convirtió en el primer hombre de su profesión.
Pero pareciéndole poca cosa servir bajo las órdenes de otros, resolvió, con la ayuda de algunos ciudadanos de Fermo a quienes la esclavitud de su patria les era más cara que su libertad, y con el auxilio de los Vitelleschi, apoderarse de Fermo.
Así pues, le escribió a Giovanni Fogliani diciéndole que, habiendo estado fuera de casa muchos años, deseaba visitarlo a él y a su ciudad, y contemplar en cierta medida su patrimonio; y que, aunque no se había afanado por adquirir otra cosa que honor, sin embargo, para que los ciudadanos vieran que no había empleado su tiempo en vano, deseaba venir honrosamente, por lo que estaría acompañado por cien jinetes, amigos y vasallos suyos; y le rogaba a Giovanni que dispusiera que fuera recibido honrosamente por los fermianos, lo cual redundaría no solo en su propio honor, sino también en el del propio Giovanni, que lo había criado.
Giovanni, por lo tanto, no faltó a ninguna de las atenciones debidas a su sobrino, y mandó que fuera recibido honorablemente por los fermianos, y lo hospedó en su propia casa; donde, habiendo pasado algunos días y habiendo dispuesto lo necesario para sus perversos designios, Oliverotto dio un banquete solemne al cual invitó a Giovanni Fogliani y a los jefes de Fermo.
Terminados los manjares y todos los demás entretenimientos habituales en tales banquetes, Oliverotto inició con astucia ciertos graves discursos, hablando de la grandeza del papa Alejandro y de su hijo César, y de sus empresas, a cuyos discursos respondieron Juan y los demás; pero él se levantó de pronto, diciendo que tales asuntos debían discutirse en un lugar más privado, y se dirigió a una cámara, a donde Juan y el resto de los ciudadanos fueron tras él. No bien estuvieron sentados, cuando soldados salieron de lugares secretos y masacraron a Juan y a los demás.
Después de estos asesinatos, Oliverotto, a caballo, recorrió la ciudad de arriba abajo y asedió al magistrado supremo en el palacio, de modo que, a causa del miedo, el pueblo se vio obligado a obedecerlo y a formar un gobierno del cual se hizo príncipe. Mató a todos los descontentos que podían perjudicarlo y se fortaleció con nuevas ordenanzas civiles y militares, de tal manera que, en el año durante el cual mantuvo el principado, no solo estuvo seguro en la ciudad de Fermo, sino que se había vuelto formidable para todos sus vecinos.
Y su ruina habría sido tan difícil como la de Agatocles si no se hubiera dejado engañar por César Borgia, quien lo apresó en Senigallia junto con los Orsini y los Vitelli, como se dijo más arriba. Así, un año después de haber cometido este parricidio, fue estrangulado, junto con Vitellozzo, a quien había tomado como su guía en el valor y en la maldad.
Algunos podrán preguntarse cómo es posible que Agatocles y otros de su calaña, después de infinitas traiciones y crueldades, vivieran durante mucho tiempo seguros en su patria, se defendieran de los enemigos externos y nunca sufrieran conspiraciones por parte de sus propios ciudadanos; dado que muchos otros, mediante la crueldad, no han podido conservar el Estado ni siquiera en tiempos de paz, y mucho menos en los tiempos inciertos de la guerra.
Creo que esto se debe a que las crueldades16 se usan mal o bien.
- Se puede llamar bien usadas, si de lo malo es licito hablar bien, a aquellas que se aplican de una sola vez y por necesidad de seguridad, y que no se prolongan después, sino que se transforman en la mayor utilidad posible para los súbditos.
- Las mal empleadas son aquellas que, aunque al principio sean pocas, aumentan con el tiempo en lugar de disminuir.
Los que practican el primer método pueden, con la ayuda de Dios o de los hombres, remediar de algún modo su situación, tal como hizo Agatocles. Para los que siguen el otro, es imposible mantenerse.
De donde se ha de notar que, al apoderarse de un Estado, el usurpador debe examinar con atención todas las injurias que le es necesario infligir, y hacerlas todas de un solo golpe para no tener que repetirlas a diario; y así, al no alterar a los hombres, podrá tranquilizarlos y ganárselos con beneficios.
Quien obra de otro modo, ya sea por timidez o por mal consejo, se ve siempre obligado a mantener el cuchillo en la mano; ni puede confiar en sus súbditos, ni estos pueden apegarse a él, debido a sus continuas y repetidas ofensas.
Porque las injurias deben infligirse todas de una vez, para que, al saborearse menos, ofendan menos; los beneficios deben otorgarse poco a poco, de modo que su sabor perdure por más tiempo.
Y ante todas las cosas, un príncipe debe vivir con su pueblo de tal manera que ninguna circunstancia inesperada, ya sea de buena o mala suerte, le haga cambiar; porque si la necesidad de hacerlo llega en tiempos difíciles, es demasiado tarde para las medidas severas; y las suaves no te ayudarán, ya que se considerarán arrancadas a la fuerza de ti, y nadie te estará agradecido por ellas.