No se me oculta cuántos han tenido y tienen la opinión de que los asuntos del mundo están gobernados por la fortuna y por Dios, de modo que los hombres, con su prudencia, no pueden dirigirlos y que, por el contrario, no tienen recurso alguno; por lo cual podrían inferir que no es necesario fatigarse mucho en las cosas, sino dejarse regir por el azar.
Esta opinión ha sido más creída en nuestros tiempos debido a las grandes mudanzas que se han visto y se ven todos los días, fuera de toda conjetura humana. Pensando en ello alguna vez, me he inclinado en parte hacia su parecer.
No obstante, para que no se anule nuestro libre albedrío, juzgo que puede ser verdad que la fortuna sea árbitra de la mitad de nuestras acciones,46 pero que a nosotros nos deja gobernar la otra mitad, o al menos parte de ella.
La comparo con uno de esos ríos impetuosos que, cuando se desbordan, inundan las llanuras, arrastran árboles y edificios, y desplazan la tierra de un lugar a otro; todo huye ante ellos, todo cede a su violencia sin poder oponerse de ninguna manera; y aun siendo de esta naturaleza, no se sigue de ello que los hombres, cuando el tiempo mejora, no puedan tomar precauciones, tanto con diques como con defensas, de modo que, al volver a crecer las aguas, estas discurran por un canal y su fuerza no sea ni tan desenfrenada ni tan peligrosa.
Así ocurre con la fortuna, que muestra su poder donde la virtud no se ha preparado para resistirla, y dirige sus fuerzas allí donde sabe que no se han levantado barreras ni defensas para contenerla.
Y si consideráis a Italia, que es la sede de estos cambios y la que les ha dado impulso, veréis que es un país abierto, sin barreras y sin ninguna defensa.
Pues si hubiera estado defendida por el valor adecuado, como lo están Alemania, España y Francia, o bien esta invasión no habría provocado los grandes cambios que ha provocado, o ni siquiera habría llegado. Y con esto considero que basta sobre la resistencia a la fortuna en general.
Pero ciñéndome más a lo particular, digo que se puede ver a un príncipe feliz hoy y arruinado mañana sin haber mostrado ningún cambio de disposición o carácter.
Esto, creo, surge en primer lugar de causas que ya se han discutido largamente, a saber, que el príncipe que confía enteramente en la fortuna se arruina cuando esta cambia. Creo también que tendrá éxito aquel cuyas acciones se adaptan al espíritu de los tiempos, y que aquel cuyas acciones no concuerdan con los tiempos no tendrá éxito.
Porque se ve que los hombres, en los asuntos que conducen al fin que cada uno tiene ante sí, esto es, la gloria y las riquezas, llegan a él por diversos métodos:
- uno con cautela, otro con premura;
- uno con fuerza, otro con habilidad;
- uno con paciencia, otro con su opuesto;
y cada uno logra alcanzar la meta por un método diferente. También se puede ver a dos hombres cautos, el uno alcanzar su fin y el otro fracasar; y de igual modo, dos hombres con conductas distintas tienen el mismo éxito, siendo el uno cauto y el otro impetuoso; todo esto no surge de otra cosa que de que sus métodos se conformen o no al espíritu de los tiempos.
De esto se sigue lo que he dicho: que dos hombres que actúan de manera diferente producen el mismo efecto, y de dos que actúan de manera similar, uno alcanza su objetivo y el otro no.
De esto también nacen las variaciones en el estado, pues si para alguien que se gobierna con cautela y paciencia los tiempos y los asuntos convergen de tal manera que su administración es exitosa, su fortuna está hecha; pero si los tiempos y los asuntos cambian, se arruina si no cambia su curso de acción.
Pero no se encuentra fácilmente a un hombre lo suficientemente prudente como para saber cómo acomodarse al cambio, tanto porque no puede desviarse de lo que su naturaleza lo inclina a hacer, como también porque, habiendo prosperado siempre actuando de una sola manera, no puede ser persuadido de que es bueno abandonarla; y, por lo tanto, el hombre cauto, cuando es hora de volverse audaz, no sabe cómo hacerlo, de modo que se arruina; pero si hubiera cambiado su conducta con los tiempos, la fortuna no habría cambiado.
El papa Julio segundo procedía con impetuosidad en todos sus asuntos, y halló que los tiempos y las circunstancias se conformaban tan bien a esa línea de acción que siempre obtuvo éxito.
Considérese su primera empresa contra Bolonia, viviendo todavía Messer Giovanni Bentivogli. Los venecianos no estaban conformes con ella, tampoco el rey de España, y aún trataba la empresa con el rey de Francia; no obstante, se lanzó personalmente a la expedición con su acostumbrada audacia y energía, un paso que hizo que España y los venecianos permanecieran irresolutos y pasivos, estos por miedo, aquella por el deseo de recuperar el reino de Nápoles; por otra parte, arrastró tras de sí al rey de Francia, pues ese rey, habiendo observado el movimiento y deseando hacer del Papa su amigo para humillar a los venecianos, halló imposible negárselo.
Por tanto, Julio con su acción impetuosa logró lo que ningún otro pontífice con humana prudencia habría podido hacer; porque si hubiera esperado en Roma hasta poder partir con sus planes organizados y todo arreglado, como cualquier otro pontífice habría hecho, nunca lo habría conseguido. Porque el rey de Francia habría puesto mil excusas, y los demás habrían suscitado mil temores.
Dejaré a un lado sus otras acciones, ya que todas fueron semejantes y todas tuvieron éxito, pues la brevedad de su vida no le permitió experimentar lo contrario; pero si se hubiesen presentado circunstancias que le exigieran obrar con cautela, su ruina habría sobrevenido, porque jamás se habría desviado de aquellos caminos a los que su naturaleza lo inclinaba.
Concluyo, por tanto, que, siendo la fortuna variable y los hombres obstinados en sus maneras, los hombres son prósperos mientras ambos van de acuerdo, y desdichados cuando están en desacuerdo.
Por mi parte considero que es mejor ser impetuoso que cauto, porque la fortuna es mujer, y es necesario, si se quiere tener sumisa, golpearla y zaherirla; y se ve que se deja dominar más por aquellos que actúan con impetuosidad que por los que proceden con frialdad.
Ella es, por tanto, siempre, como mujer, amiga de los jóvenes, porque son menos cautos, más feroces y con más audacia la dominan.