Monarquía
Hasta ahora hemos considerado al príncipe como una persona moral y colectiva, unida por la fuerza de las leyes y depositaria en el Estado del poder ejecutivo. Nos toca ahora considerar este poder cuando se halla reunido en las manos de una persona natural, un hombre real, que por sí solo tiene derecho a disponer de él de acuerdo con las leyes. A una persona así se la llama monarca o rey.
A diferencia de otras formas de administración, en las que un ser colectivo representa a un individuo, en esta un individuo representa a un ser colectivo; de modo que la unidad moral que constituía al príncipe es al mismo tiempo una unidad física, y todas las cualidades que en el otro caso solo con dificultad son reunidas por la ley, se encuentran naturalmente unidas.
Así, la voluntad del pueblo, la voluntad del príncipe, la fuerza pública del Estado y la fuerza particular del gobierno responden todas a un solo móvil; todos los resortes de la máquina están en las mismas manos, el conjunto marcha hacia el mismo fin; no hay movimientos opuestos que se anulen mutuamente, y no es posible imaginar ninguna especie de constitución en la que un esfuerzo menor produzca una acción más considerable.
Arquímedes, sentado tranquilamente en la orilla y sacando a flote un gran navío con mano ligera, representa para mí a un hábil monarca que gobierna vastos Estados desde su gabinete y lo mueve todo pareciendo él mismo inmóvil.
Pero si ningúna autoridad es más vigorosa que esta, tampoco hay ninguna en la que la voluntad particular tenga más imperio y gobierne más fácilmente al resto. Todo concurre en verdad hacia el mismo fin, pero este fin no es en absoluto el de la felicidad pública, y la fuerza misma de la administración se muestra constantemente prejudicial para el Estado.
Los reyes desean ser absolutos, y los hombres no cesan de clamarles desde lejos que el medio más seguro para serlo es hacerse amar por sus pueblos. Este precepto está muy bien y, en ciertos aspectos, es incluso muy verdadero; por desgracia, será siempre objeto de burla en las cortes.
El poder que proviene del amor de los pueblos es sin duda el mayor; pero es precario y condicional, y los príncipes jamás se contentarán con él. Los mejores reyes desean estar en situación de ser malvados, si les place, sin dejar de ser los amos: los predicadores políticos podrán decirles cuanto quieran que, siendo la fuerza del pueblo la suya propia, su mayor interés es que el pueblo sea próspero, numeroso y formidable; ellos saben perfectamente que esto no es verdad.
Su interés personal primero es que el pueblo sea débil, desdichado y incapaz de resistirseles. Admito que, a condición de que los súbditos permanezcan siempre en la sumisión, el interés del príncipe sería en verdad que este fuese poderoso, a fin de que su poder, al ser el suyo propio, lo hiciera formidable ante sus vecinos; pero, al ser este interés meramente secundario y subordinado, y siendo la fuerza incompatible con la sumisión, los príncipes prefieren de manera natural el principio que resulta más ventajoso de inmediato.
Esto es lo que Samuel expuso con fuerza a los hebreos, y lo que Maquiavelo ha mostrado con claridad. Pretendió dar lecciones a los reyes, pero a quien verdaderamente se las dio fue a los pueblos. Su Príncipe es el libro de los republicanos.
Hemos encontrado, por razones generales, que la monarquía es adecuada únicamente para los grandes Estados, y esto se confirma cuando la examinamos en sí misma.
Cuanto más numerosa es la administración pública, menor es la relación entre el príncipe y los súbditos, y más se acerca a la igualdad, de modo que en la democracia la proporción es la unidad, o igualdad absoluta.
Por otra parte, a medida que el gobierno se restringe en número, la proporción aumenta y alcanza su máximo cuando el gobierno está en manos de una sola persona. Hay entonces una distancia demasiado grande entre el príncipe y el pueblo, y el Estado carece de un vínculo de unión.
Para formar tal vínculo, debe haber órdenes intermedias, y príncipes, personajes y nobleza que los compongan. Pero nada de esto conviene a un Estado pequeño, para el cual todas las diferencias de clase significan la ruina.
Si, sin embargo, es difícil que un gran Estado esté bien gobernado, lo es mucho más que lo esté por un solo hombre; y todo el mundo sabe lo que pasa cuando los reyes se sustituyen a sí mismos por otros.
Un defecto esencial e inevitable, que siempre situará al gobierno monárquico por debajo del republicano, es que en una república la voz pública rara vez eleva a los puestos más altos a hombres que no sean ilustrados y capaces, y dignos de ocuparlos con honor; mientras que en las monarquías quienes ascienden a la cumbre son las más de las veces meros pequeños chapuceros, pequeños estafadores y pequeños intrigantes, cuyos pequeños talentos hacen que consigan los cargos más altos en la Corte, pero que, tan pronto como han llegado a ellos, solo sirven para dejar en evidencia su ineptitud ante el público.
El pueblo se equivoca mucho menos a menudo en su elección que el príncipe; y un hombre de auténtico valor entre los ministros del rey es casi tan raro como un necio al frente de un gobierno republicano.
Así pues, cuando, por alguna afortunada casualidad, uno de estos gobernantes natos toma el timón del Estado en alguna monarquía que ha estado a punto de ser abrumada por enjambres de administradores «caballerosos», no hay sino asombro ante los recursos que descubre, y su llegada marca una época en la historia de su país.
Para que un Estado monárquico tenga la posibilidad de ser bien gobernado, su población y su extensión deben ser proporcionales a las capacidades de su gobernante. Es más fácil conquistar que gobernar.
Con una palanca suficientemente larga, el mundo podría moverse con un solo dedo; para sostenerlo se necesitan los hombros de Hércules.
Por muy pequeño que sea un Estado, el príncipe casi nunca es lo suficientemente grande para él.
Cuando, por otra parte, sucede que el Estado es demasiado pequeño para su gobernante, también en estos raros casos es mal gobernado, porque el gobernante, persiguiendo constantemente sus grandes designios, olvida los intereses del pueblo, y lo hace no menos desgraciado al mal usar los talentos que tiene, de lo que un gobernante de menor capacidad lo haría por falta de los que no tenía.
Un reino debe, por decirlo así, expandirse o contraerse con cada reinado, según las capacidades del príncipe; pero, al ser las capacidades de un senado más constantes en cantidad, el Estado puede entonces tener fronteras permanentes sin que la administración sufra.
La desventaja que más se siente en el gobierno monárquico es la falta de esa sucesión continua que, en las otras dos formas, proporciona un vínculo de unión ininterrumpido.
Cuando un rey muere, se necesita otro; las elecciones dejan intervalos peligrosos y están llenas de tempestades; y a menos que los ciudadanos sean desinteresados y rectos hasta un grado que muy rara vez acompaña a esta clase de gobierno, la intriga y la corrupción abundan.
Aquel a quien el Estado se ha vendido difícilmente puede evitar venderlo a su vez y cobrarse, a expensas de los débiles, el dinero que los poderosos le han extorsionado.
Bajo semejante administración, la venalidad se extiende tarde o temprano por todas partes, y la paz de la que así se disfruta bajo un rey es peor que los desórdenes de un interregno.
¿Qué se ha hecho para prevenir estos males?
Se han hecho hereditarias las coronas en ciertas familias, y se ha establecido un orden de sucesión para evitar que surjan disputas a la muerte de los reyes. Es decir, se han puesto las desventajas de la regencia en lugar de las de la elección, se ha preferido la tranquilidad aparente a la administración sabia, y los hombres han optado por correr el riesgo de tener por gobernantes a niños, monstruos o imbéciles antes que tener disputas sobre la elección de buenos reyes. No se ha tenido en cuenta que, al exponernos de tal modo a los riesgos que esta posibilidad entraña, ponemos casi todas las probabilidades en nuestra contra.
Había mucho de sensato en lo que el joven Dionisio le respondió a su padre, quien le reprochaba haber cometido una acción vergonzosa preguntándole: «¿Te di yo el ejemplo?».
—No —respondió su hijo—, pero tu padre no era rey.
Todo conspira para arrebatarle al hombre investido de autoridad sobre los demás el sentido de la justicia y de la razón.
Se nos dice que se pone mucho empeño en enseñar a los jóvenes príncipes el arte de reinar; pero su educación parece no servirles de nada. Sería mejor empezar por enseñarles el arte de obedecer.
Los mayores reyes cuyas alabanzas cuenta la historia no fueron educados para reinar: reinar es una ciencia de la que jamás estamos tan lejos como cuando hemos aprendido demasiado de ella, y una que se adquiere mejor obedeciendo que mandando.
“ Nam utilissimus idem ac brevissimus bonarum malarumque rerum delectus cogitare quid aut nolueris sub alio principe, aut volueris. ”
Un resultado de esta falta de coherencia es la inconstancia del gobierno real, el cual, regulado ora por un plan y ora por otro, según el carácter del príncipe reinante o de aquellos que reinan por él, no puede tener por mucho tiempo un objeto fijo o una política congruente; y esta variabilidad, que no se encuentra en las otras formas de gobierno, en las que el príncipe es siempre el mismo, hace que el Estado oscile continuamente de un principio a otro y de un proyecto a otro. Así podemos decir que, por lo general, si una corte es más sutil en la intriga, hay más sabiduría en un senado, y las repúblicas avanzan hacia sus fines mediante políticas más constantes y mejor meditadas; mientras que cada revolución en un ministerio real crea una revolución en el Estado; pues el principio común a todos los ministros y a casi todos los reyes es hacer en todo lo contrario de lo que hicieron sus predecesores.
Esta incoherencia aclara aún más un sofisma muy familiar para los escritores políticos realistas; no solo se compara el gobierno civil con el doméstico, y al príncipe con el padre de familia —este error ya ha sido refutado—, sino que además se le atribuyen gratuitamente al príncipe todas las virtudes que debería poseer, y se supone que es siempre lo que debe ser. Hecha esta suposición, el gobierno real es claramente preferible a todos los demás, porque es incontestablemente el más fuerte y, para ser también el mejor, solo le falta una voluntad corporativa más conforme con la voluntad general.
Pero si, según Platón, el «rey por naturaleza» es una gran rareza, ¿con qué frecuencia conspirarán la naturaleza y la fortuna para ceñirle una corona? Y, si la educación real corrompe necesariamente a quienes la reciben, ¿qué cabe esperar de una serie de hombres educados para reinar?
Es, por tanto, un ciego autoengaño confundir el gobierno real con el gobierno de un buen rey. Para ver este gobierno tal como es en sí mismo, debemos considerarlo bajo príncipes ineptos o malvados, pues o bien llegarán al trono siendo malvados o ineptos, o el trono los volverá así.
Estas dificultades no han pasado desapercibidas para nuestros escritores, quienes, a pesar de todo, no se sienten turbados por ellas. El remedio, dicen, es obedecer sin murmurar: Dios envía malos reyes en Su cólera, y hay que soportarlos como castigos del Cielo.
Semejante discurso es sin duda edificante; pero estaría más en su lugar en un púlpito que en un libro político. ¿Qué debemos pensar de un médico que promete milagros y cuyo único arte consiste en exhortar al paciente a la paciencia? Ya sabemos por nosotros mismos que debemos tolerar un mal gobierno cuando este existe; de lo que se trata es de saber cómo encontrar uno bueno.