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Registro dieciocho

Escombros lógicos⁠—Heridas y yeso⁠—Nunca más.

Anoche, tan pronto como me hube acostado, caí momentáneamente al fondo del océano del sueño como un barco sobrecargado que hubiera naufragado. La espesa fronda de aguas verdes y onduladas me envolvió. Luego, lentamente, flote desde el fondo hacia arriba, y en alguna parte de mitad de ese trayecto abrí los ojos: ¡mi habitación! La mañana aún era verde e inmóvil. Un fragmento de sol procedente del espejo de la puerta de mi armario me brillaba en los ojos. Este fragmento no me permite dormir, siendo así un obstáculo para cumplir exactamente las normas de las Tablas que prescriben tantas horas de sueño. Debería haber abierto el armario, pero sentía como si estuviera en una tela de araña, y una telaraña cubría mis ojos; no tenía fuerzas para incorporarme.

Sin embargo, me levanté y abrí la puerta del armario; de repente, allí, detrás de esa puerta, abriéndose paso entre la masa de prendas que pendían de las perchas, ¡estaba I-330! Últimamente me he acostumbrado tanto a las cosas más inverosímiles que, hasta donde recuerdo, ni siquiera me sorprendí; ni siquiera hice una pregunta. Salté al armario, cerré de golpe la puerta con espejo a mis espaldas y, sin aliento, bruscamente, a ciegas, con avidez, me aferré a ella. Recuerdo claramente incluso ahora:⁠—a través de la estrecha rendija de la puerta, un rayo de sol agudo como un relámpago irrumpió en la oscuridad y jugueteó en el suelo y las paredes del armario, y un poco más arriba la cruel hoja de luz cayó sobre el cuello desnudo de I-330, y esto por alguna razón me pareció tan terrible que no pude soportarlo, y grité;⁠—y de nuevo abrí los ojos. ¡Mi habitación!

La mañana era aún verde e inmóvil. En la puerta de mi armario había un fragmento de luz solar. Yo estaba en la cama. ¿Un sueño? Sin embargo, mi corazón seguía latiendo desbocado, temblando y contrayéndose; había un dolor sordo en las puntas de mis dedos y en mis rodillas. ¡Esto indudablemente ocurrió! Y ahora ya no soy capaz de distinguir qué es sueño de qué es realidad; números irracionales crecen a través de mi sólida, habitual y tridimensional vida; y en lugar de superficies firmes y pulidas hay algo peludo y áspero.

Esperé mucho tiempo a que sonara la Campana. Estaba recostado pensando, desenredando una cadena lógica muy extraña. En nuestra vida superficial, cada fórmula, cada ecuación, corresponde a una curva o a un sólido. Jamás hemos visto ninguna curva o sólido que corresponda a mi raíz cuadrada de menos uno. Lo aterrador de la situación es que existen tales curvas o sólidos; invisibles para nosotros, de hecho existen, deben existir, inevitablemente; porque en las matemáticas, al igual que en una pantalla, extrañas y nítidas sombras aparecen ante nosotros. Hay que recordar que las matemáticas, como la muerte, nunca se equivocan, nunca hacen trampas. Si somos incapaces de ver esas curvas o sólidos irracionales, solo significa que poseen inevitablemente un mundo entero e inmenso en algún lugar bajo la superficie de nuestra vida.

Me levanté de un salto sin esperar la campana del despertar y comencé a pasearme de un lado a otro de la habitación.

Mis matemáticas, la única isla firme e inamovible de mi vida sacudida, también esta se había desprendido de su ancla y flotaba, girando en torbellino.

Entonces significa que esa cosa absurda, el «alma», es tan real como mi uniforme, como mis botas, aunque no las vea puesto que están tras la puerta del armario. Si las botas no son una enfermedad, ¿por qué habría de serlo el «alma»?

Busqué, pero no pude encontrar una salida a la confusión lógica. Me parecía a esos extraños y tristes escombros más allá del Muro Verde; mis escombros lógicos también están llenos de seres extraordinarios, incomprensibles, sin palabras pero hablantes.

Se me ocurrió por un momento que a través de un vidrio extraño y espeso la veía; la veía a la vez infinitamente grande e infinitamente pequeña, con forma de escorpión y un aguijón oculto pero siempre perceptible; veía la raíz cuadrada de menos uno.

Tal vez no era otra cosa que mi «alma», la cual, como el legendario escorpión de los antiguos, se estaba picando voluntariamente a sí misma con.⁠ ⁠…

¡La Campana! El día comenzó.

Todo lo que vi y sentí ni murió ni desapareció, simplemente quedó cubierto por la luz del día, así como nuestro mundo visible no muere ni desaparece al final de la jornada, sino que simplemente queda cubierto por la oscuridad de la noche.

Mi cabeza estaba llena de una neblina ligera y tenue. A través de esa neblina percibí las largas mesas de cristal y las cabezas en forma de globo ocupadas en masticar, lenta, silenciosa y unánimemente. A la distancia, a través de la neblina, el metrónomo latía lentamente con su tic-tac, y al compás de esta música habitual y acariciadora me uní a los demás para contar automáticamente hasta cincuenta: cincuenta es el número de movimientos de masticación exigido por la ley del Estado para cada porción de comida.

Y automáticamente entonces, marcando el compás, bajé las escaleras y anoté mi nombre en el libro para los Números salientes, como hacían todos.

Pero sentía que vivía separada de los demás; vivía por mí misma, separada por un muro blando que absorbe los ruidos; más allá de ese muro estaba mi mundo.

Aquí se me ocurrió un pensamiento. Si ese mundo es únicamente mío, ¿por qué debería hablar de él en estos apuntes? ¿Por qué debería relatar todos estos «sueños» absurdos sobre armarios, pasillos sin fin?

¡Con gran pesar noto que, en lugar de un poema correcto y estrictamente matemático en honor del Estado Único, estoy escribiendo una novela fantástica. ¡Oh!, ¡si tan solo fuera una novela y no mi vida real, llena de incógnitas, raíces cuadradas de menos uno y caídas!

Sin embargo, todo sea por el bien. Probablemente ustedes, mis lectores desconocidos, sean todavía niños en comparación con nosotros. A nosotros nos ha criado el Estado Único; por consiguiente, hemos alcanzado las cumbres más altas accesibles al hombre. Y ustedes, al ser niños, tal vez se traguen sin llorar todas las cosas amargas que he de darles, con tal de que estén recubiertas con el jarabe de las aventuras.

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