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Registro Cuarenta

Hechos⁠—La campana⁠—Estoy seguro.

Luz del día. Está despejado. El barómetro: 760 mm. ¿Es posible que yo, D-503, realmente haya escrito estas páginas? ¿Es posible que alguna vez haya sentido, o imaginado que sentía, todo esto?

La letra es mía. Y lo que sigue está escrito enteramente de mi puño y letra. Afortunadamente solo la letra. Nada más de delirio, ni metáforas absurdas, ni sentimientos⁠: solo hechos. Pues estoy sano, perfecta, absolutamente sano.

… Estoy sonriendo; no puedo evitar sonreír; me han sacado una astilla de la cabeza y me siento tan ligero, ¡tan vacío! Para ser más exacto, no vacío, sino que no hay nada extraño, nada que me impida sonreír. (Sonreír es el estado normal de un ser humano normal).

Los hechos son los siguientes:

  • Aquella tarde mi vecino, el que descubrió la finitud del universo, y yo, y todos los demás que no teníamos un certificado que demostrara que nos habían operado, todos fuimos conducidos al auditorio más cercano.
  • (Por alguna razón, el número del auditorio, el 112, me pareció familiar).

Allí nos ataron a las mesas y nos practicaron la gran operación.

Al día siguiente, yo, D-503, comparecí ante el Bienhechor y le conté todo cuanto sabía acerca de los enemigos de la felicidad. Por qué antes me parecía difícil ir, no lo consigo comprender. La única explicación parece ser mi enfermedad: mi alma.

Esa misma tarde, sentado a la misma mesa con Él, con el Bienhechor, vi por primera vez en mi vida la famosa Cámara de Gas. Trajeron a aquella mujer. Tenía que declarar en mi presencia. Esa mujer permanecía obstinadamente silenciosa y sonriente. Noté que tenía unos dientes afilados y muy blancos, que eran muy bonitos.

Luego la llevaron debajo de la Campana. Su rostro se puso muy blanco y, como sus ojos eran grandes y oscuros, todo era muy bonito. Cuando empezaron a bombear el aire de debajo de la Campana, ella echó la cabeza hacia atrás y medio cerró los ojos; tenía los labios apretados. Esto me recordó a algo. Me miró, sosteniéndose firmemente de los brazos de la silla. Siguió mirando hasta que se le cerraron los ojos. Luego la sacaron, la reanimaron por medio de electrodos y la volvieron a meter debajo de la Campana. El procedimiento se repitió tres veces, pero ella no pronunció una sola palabra.

Los demás que fueron traídos con esa mujer resultaron ser más honestos; muchos de ellos empezaron a hablar después del primer juicio.

Mañana todos subirán los peldaños hacia la Máquina del Bienhechor. No hay aplazamiento posible, pues aún hay caos, gemidos, cadáveres, bestias en la sección occidental y, para nuestro pesar, todavía hay cantidades de Números que traicionaron a la Razón.

Pero en la avenida transversal Cuarenta, logramos establecer un Muro temporal de ondas de alto voltaje.

Y espero que ganemos. Más que eso; estoy seguro de que venceremos. Porque la Razón debe vencer.

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