El límite de la función—Pascua—Tachar todo.
Soy como un motor puesto en marcha a una velocidad de demasiadas revoluciones por segundo, los cojinetes se han calentado demasiado y en un minuto más el metal fundido empezará a gotear y todo se irá al diablo.
¡Agua fría! ¡Rápido! ¡Un poco de lógica!
Le echo cubos enteros, pero mi lógica simplemente chisporrotea sobre el metal caliente y desaparece en el aire en forma de vapor.
Por supuesto es evidente que para establecer el verdadero significado de una función, hay que establecer su límite. También es evidente que la «disolución en el universo» de ayer llevada a su límite es la muerte. Pues la muerte es exactamente la más completa disolución del yo en el universo.
De ahí que:
L = f ( D ), el amor es la función de la muerte.
Sí, exactamente, ¡exactamente! Por eso le tengo miedo a I-330; lucho contra ella, no quiero... Pero, ¿por qué en mi interior el «no quiero» y el «quiero» están uno al lado del otro? Ese es el principal horror del asunto; sigo anhelando esa feliz muerte de ayer. Lo horrible es que incluso ahora, cuando he integrado la función lógica, cuando resulta evidente que esta oculta la muerte en su interior, aun así la anhelo con mis labios, mis brazos, mi pecho, con cada milímetro.
Mañana es el Día de la Unanimidad. Sin duda estará allí y la veré, aunque sea desde la distancia. Esa distancia me resultará dolorosa, pues debo estar, me siento irresistiblemente atraído, cerca de ella, para que sus manos, su hombro, su cabello... Anhelo incluso ese dolor. Que venga. ¡Gran Bienhechor! ¡Qué absurdo desear el dolor! ¿Quién ignora el simple hecho de que los dolores son elementos negativos que reducen esa suma total que llamamos felicidad? Por consiguiente... Bueno, nada de «por consiguiente»... ¡Vacío! ¡Desnudez!