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Registro cuatro

El hombre salvaje con un barómetro⁠—Epilepsia⁠—Si.

Hasta hoy todo en la vida me parecía claro (por eso, creo, siempre tuve una especie de predilección por la palabra «claro»), pero hoy... no entiendo.

Primero, de verdad me asignaron el auditorio 112 como ella dijo, aunque la probabilidad era de 500 a 10.000.000 o de 1 a 20.000. (500 es el número de auditorios y hay 10.000.000 de Números).

Y segundo... pero dejadme relatar las cosas en orden sucesivo.

El auditorio: una enorme semiesfera de vidrio con el sol atravesándola. Las filas circulares de cabezas nobles, globulares y perfectamente afeitadas. Miré a mi alrededor con alegría en el corazón. Creo que miraba con la esperanza de ver la guadaña color de rosa, los entrañables labios de O-, en alguna parte entre las olas azules de los unifs. Entonces vi unos dientes extraordinariamente blancos y afilados como... ¡Pero no! Esta noche a las veintiuna horas O- debía venir a verme; por tanto, mi deseo de verla era de lo más natural.

El timbre. Nos pusimos de pie, cantamos el Himno del Estado Único y nuestro inteligente fonoconferenciante apareció en la plataforma con un megáfono dorado y brillante.

“Respetados Números, no hace mucho tiempo nuestros arqueólogos desenterraron un libro escrito en el siglo veinte. En este libro, el irónico autor cuenta acerca de un Hombre Salvaje y un barómetro. El Hombre Salvaje notó que cada vez que la aguja del barómetro se detenía en la palabra «lluvia», efectivamente llovía. Y como el Hombre Salvaje

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