Descarga—El material de una idea—La roca cero.
Descarga es la mejor palabra para describirlo. Ahora veo que en realidad fue como una descarga eléctrica. El pulso de mis últimos días se había ido volviendo cada vez más seco, cada vez más frecuente, más intenso. Los polos opuestos se habían ido acercando cada vez más y ya podía oír el chasquido seco; ¡un milímetro más y... una explosión! Luego, el silencio.
Dentro de mí hay ahora silencio y un vacío como el de una casa después de que todos se han marchado, cuando uno yace enfermo, muy a solo, y oye tan claramente el tic-tac, nítido y metálico, de los pensamientos.
Tal vez aquella «descarga» me curó por fin de mi atormentadora «alma». Nuevamente soy como todos nosotros. Al menos en este momento, mientras escribo, puedo ver, por decirlo así, sin dolor alguno en mi ojo mental, cómo llevan a O-90 hasta las gradas del Cubo; o la veo dentro de la Campana de Gas. Y si allí, en el Departamento de Operaciones, pronunciara mi nombre, no me importa.
De manera piadosa y agradecida, besaría la mano castigadora del Bienhechor en el último momento. Tengo este derecho respecto al Estado Único: recibir mi castigo. Y no renunciaré a este derecho. Ningún Número debe —ni se atreve a— rechazar este único privilegio personal y, por tanto, más preciado.
… Con rapidez, metálicamente, con nitidez, golpean los pensamientos en la cabeza. Un aero invisible me transporta a la altura azul de mis queridas abstracciones. Y veo cómo allí en la altura, en el aire más puro y enrarecido, mi juicio sobre lo «correcto» único estalla con un chasquido, como un neumático. Veo claramente que solo un atavismo, la absurda superstición de los antiguos, me da esta idea de lo «correcto».
Hay ideas de arcilla e ideas moldeadas en oro, o en nuestro precioso vidrio. Para conocer el material del cual está hecha una idea, basta con dejar caer sobre ella una gota de ácido fuerte. Uno de estos ácidos era conocido por los antiguos bajo el nombre de reductio ad absurdum. Este era su nombre, creo. Pero le temían a este veneno; preferían creer que veían el cielo, aunque fuera un juguete hecho de arcilla, antes que confesarse a sí mismos que no era más que una nada azul. Nosotros, en cambio (¡Gloria al Bienhechor!), somos adultos y no necesitamos juguetes. Ahora bien, si ponemos una gota de ácido sobre la idea del «derecho»… Incluso los antiguos (los más maduros de ellos) sabían que la fuente del derecho era… ¡el poder! El derecho es una función del poder. Aquí tenemos nuestra balanza: de un lado una onza, del otro una tonelada. De un lado «yo», del otro «nosotros», el Estado Unico. ¿No está claro? Suponer que yo pueda tener algún «derecho» frente al Estado, es como suponer que una onza puede equilibrar una tonelada en una balanza. De ahí la distribución natural: toneladas, derechos; gramos, deberes. ¡Y el camino natural de la nada a la grandeza consiste en olvidar que uno es un gramo y sentirse una millonésima parte de una tonelada!
Vosotros de cuerpos maduros, brillantes venusianos; vosotros, tiznados uranianos con aspecto de herreros, casi alcanzo a oír vuestras protestas en este silencio.
Pero pensad tan solo que todo lo grande es simple.
¡Recordad que solo las cuatro reglas de la aritmética son inquebrantables y eternas! Y solo aquella mortalidad será inquebrantable y eterna que esté construida sobre esas cuatro reglas.
¡Esta es la sabiduría superior, esta es la cúspide de aquella pirámide alrededor de la cual la gente, roja de sudor, luchó y combatió durante siglos intentando trepar hasta la cima!
Mirando desde esta cima hacia el fondo, donde algo todavía sigue bulliendo como gusanos, desde esta cima todo lo que en nosotros queda de los antiguos parece igual.
Igual es la ilegal maternidad en ciernes de O-90, un asesinato y la locura de aquel Número que se atrevió a arrojar versos a la cara del Estado Unificado; e igual es la sentencia para ellos: la muerte prematura.
Esta es aquella justicia divina con la que soñaban aquellos antiguos de casas de piedra, iluminados por los ingenuos rayos rosas del alba de la historia. Su «Dios» castigaba el sacrilegio como un delito capital.
Vosotros, uranianos, morosos y negros como los antiguos españoles, que eran sabios por saber quemar tan bien en la hoguera, estáis callados; creo que concordáis conmigo.
Pero os oigo a vosotras, rosadas venecianas, decir algo sobre «torturas, ejecuciones, retorno a la barbarie». ¡Mis queridos venecianos, os compadezco! Sois incapaces de un pensamiento filosófico y matemático.
La historia humana avanza en círculos hacia arriba, como un aeroplano. Los círculos a veces son dorados, otras veces sangrientos, pero todos tienen 360 grados. Van de 0° a 10°, 20°, 200°, 360°, y luego otra vez a 0°.
Sí, hemos regresado a cero. Pero para una mente de funcionamiento matemático es evidente que este cero es diferente; es un cero perfectamente nuevo. Partimos de cero hacia la derecha y llegamos a cero a la izquierda. Por lo tanto, en lugar de un cero positivo, estamos en un cero negativo. ¿Comprendéis?
Este cero se me aparece ahora como una roca silenciosa, inmensa, estrecha, afilada como una hoja.
En la oscuridad cruel, conteniendo la respiración, zarpamos desde el lado nocturno y negro de la roca cero. ¡Durante siglos nosotros, los Colón, flotamos y flotamos; dimos la vuelta al mundo entero y al fin! ¡Hurra! ¡Salud! Treparon a los mástiles; ante nosotros se hallaba ahora un nuevo lado de la roca cero, hasta entonces desconocido, bañado por la luz polar del Estado Unificado; ¡una masa azul cubierta de destellos del arcoíris! ¡Soles!—¡cien soles! ¡Un millón de arcosíris!
¿Qué importa que estemos separados del otro lado negro de la roca cero tan solo por el grosor de una hoja?
Un cuchillo es el invento más sólido, más inmortal, más inspirado del hombre. El cuchillo sirvió en la guillotina. El cuchillo es la herramienta universal para cortar nudos. El camino de las paradojas sigue su filo afilado, el único camino propio de una mente intrépida. …