cuenta.
—¡Válgame el cielo! —exclamó Lawrence Lefferts, apartando bruscamente los prismáticos del escenario. Lawrence Lefferts era, en conjunto, la máxima autoridad en materia de «buen tono» en Nueva York. Probablemente había dedicado más tiempo que nadie al estudio de esta intrincada y fascinante cuestión; pero el estudio por sí solo no bastaba para explicar su completa y natural competencia. Bastaba con mirarlo, desde la inclinación de su frente despejada y la curva de su hermoso bigote rubio hasta los largos zapatos de charno al otro extremo de su esbelta y elegante persona, para sentir que el conocimiento del «buen tono» debía ser congénito en alguien que sabía llevar tan descuidadamente tan buena ropa y ostentar tanta estatura con tanta gracia lánguida. Como un joven admirador había dicho de él en una ocasión: «Si alguien puede decirle a un tipo exactamente cuándo debe llevar corbata negra con traje de etiqueta y cuándo no, ese es Larry Lefferts». Y en la cuestión de los zapatos de salón frente a los «Oxfords» de charol, su autoridad jamás había sido disputada.