Aquella noche, después de que el señor Jackson se hubo marchado y las señoras se retiraron a su dormitorio de cortinas de indiana, Newland Archer subió pensativo a su propio estudio.
Una mano vigilante había, como de costumbre, mantenido el fuego vivo y la lámpara lista; y la habitación, con sus filas y filas de libros, sus estatuillas de bronce y acero de «Los esgrimistas» sobre la chimenea y sus numerosas fotografías de cuadros famosos, parecía singularmente hogareña y acogedora.
Al dejarse caer en su sillón junto al fuego, sus ojos se posaron en una gran fotografía de May Welland, que la joven le había regalado en los primeros días de su romance, y que ahora había desplazado a todos los demás retratos de la mesa.
Con un nuevo sentimiento de reverencia, contempló la frente despejada, los ojos serios y la boca alegre e inocente de aquella joven criatura de cuyo alma iba a ser el custodio.
Aquel aterrador producto del orden social al que pertenecía y en el que creía, la joven que no sabía nada y lo esperaba todo, le devolvió la mirada como una desconocida a través de los familiares rasgos de May Welland; y una vez más comprendió con claridad que el matrimonio no era el puerto seguro que le habían enseñado a creer, sino un viaje por mares inexplorados.
El caso de la condesa Olenska había removido viejas convicciones arraigadas y las había dejado a la deriva, de manera peligrosa, por su mente. Su propia exclamación: «Las mujeres deberían ser libres, tan libres como nosotros», tocaba la raíz de un problema que en su mundo se acordaba considerar inexistente. Las mujeres «decentes», por muy agraviadas que estuvieran, jamás reclamarían el tipo de libertad a la que él se refería, y los hombres de espíritu generoso como él estaban por ello —en el calor de la discusión— tanto más dispuestos a concedérsela con hidalguía. Tales generosidades verbales no eran en realidad más que un disfraz embaucador de las inexorable convenciones que mantenían las cosas unidas y ataban a la gente al viejo patrón.
Pero aquí estaba él, comprometido a defender, por parte del primo de su prometida, una conducta que, por parte de su propia esposa, le justificaría a invocar sobre ella todos los truenos de la Iglesia y del Estado.
Por supuesto, el dilema era puramente hipotético; ya que no era un noble polaco sinvergüenza, era absurdo especular cuáles serían los derechos de su esposa si lo fuera.
Pero Newland Archer tenía demasiada imaginación como para no sentir que, en el caso de él y de May, el vínculo podía llegar a irritar por motivos mucho menos groseros y palpables.
¿Qué podían saber realmente el uno del otro, dado que era su deber, como hombre «decente», ocultarle su pasado, y el de ella, como muchacha casadera, no tener ningún pasado que ocultar?
¿Y si, por alguna de las razones más sutiles que influirían en ambos, llegaban a cansarse el uno del otro, a malinterpretarse o a irritarse mutuamente?
Repasó los matrimonios de sus amigos —los supuestamente felices— y no vio ninguno que respondiera, ni remotamente, a la camaradería apasionada y tierna que él imaginaba como su relación permanente con May Welland. Percibía que tal imagen presuponía, por parte de ella, la experiencia, la versatilidad, la libertad de juicio que a ella se le había educado cuidadosamente para que no poseyera; y con un estremecimiento de presentimiento vio que su matrimonio se convertía en lo que la mayoría de los demás matrimonios a su alrededor eran: una asociación aburrida de intereses materiales y sociales mantenida unida por la ignorancia de un lado y la hipocresía del otro.
Lawrence Lefferts se le figuraba el marido que había realizado de manera más completa este ideal envidiable.
Como correspondía al sumo sacerdote de la forma, había amoldado a una esposa tan por completo a su propia conveniencia que, en los momentos más conspicuos de sus frecuentes amoríos con las mujeres de otros hombres, ella andaba por ahí con una inconsciencia risueña, diciendo que «Lawrence era ferozmente estricto»; y se sabía que se sonrojaba con indignación y desviaba la mirada cuando alguien aludía en su presencia al hecho de que Julius Beaufort (como correspondía a un «extranjero» de dudoso origen) tenía lo que en Nueva York se conocía como «otra casa».
Archer trató de consolarse con el pensamiento de que no era un imbécil tan redomado como Larry Lefferts, ni May una simpletona como la pobre Gertrude; pero, al fin y al cabo, la diferencia era de inteligencia y no de normas.
En realidad, todos vivían en una especie de mundo jeroglífico, donde lo real nunca se decía, ni se hacía, ni siquiera se pensaba, sino que se representaba únicamente mediante un conjunto de signos arbitrarios; tal como la señora Welland, que sabía exactamente por qué Archer le había pedido que anunciara el compromiso de su hija en el baile de los Beaufort (y, de hecho, había esperado que hiciera exactamente eso), aun así se sentía obligada a simular renuencia y el aire de que le habíanforzado la mano, exactamente igual que, en los libros sobre el Hombre Primitivo que la gente de cultura avanzada empezaba a leer, la novia salvaje es arrastrada entre gritos de la tienda de sus padres.
El resultado, por supuesto, fue que la joven que era el centro de este elaborado sistema de mistificación permanecía tanto más inescrutable por su extrema franqueza y seguridad.
Era franca, pobre querida, porque no tenía nada que ocultar, estaba segura porque no sabía de nada contra lo que debiera estar en guardia; y sin mejor preparación que esta, iba a ser sumergida de la noche a la mañana en eso que la gente llamaba evasivamente «los hechos de la vida».
El joven estaba enamorada de forma sincera pero apacible. Le deleitaban la belleza radiante de su prometida, su salud, su destreza a caballo, su gracia y rapidez en los juegos, y el tímido interés por los libros y las ideas que empezaba a desarrollar bajo su tutela.
(Había avanzado lo suficiente como para unirse a él en sus burlas hacia los Idilios del rey, pero no para sentir la belleza de «Ulises» y los «Comedores de lotos»).
Ella era directa, leal y valiente; poseía sentido del humor (demostrado principalmente por sus risas ante las ocurrencias de él) y él intuía, en lo más hondo de su alma de mirada inocente, un fervor latente que sería una dicha despertar.
Pero cuando recorría su breve círculo, regresaba desanimado al pensar que toda aquella franqueza e inocencia no eran más que un producto artificial. La naturaleza humana sin adiestrar no era franca ni inocente; estaba llena de los recovecos y defensas de una astucia instintiva. Y se sentía abrumado por aquella creación de pureza facticia, fabricada con tanta maña por una conspiración de madres, tías, abuelas y antepasadas ya muertas, porque se suponía que era lo que él deseaba, lo que tenía derecho a tener, para poder ejercer su soberano placer de destrozarla como a una estatua de nieve.
Había cierta banalidad en estas reflexiones: eran las habituales en los jóvenes ante la proximidad de su día de bodas.
Pero por lo general iban acompañadas de un sentimiento de compunción y humillación del que Newland Archer no sentía rastro alguno. No podía deplorar (como a menudo le exasperaba que lo hicieran los héroes de Thackeray) no tener una página en blanco que ofrecer a su prometida a cambio de la inmaculada que ella le iba a entregar.
No podía eludir el hecho de que, si lo hubiesen criado a él como a ella, no habrían estado más capacitados para desenvolverse por sí mismos que los Niños del Bosque; ni lograba hallar, a pesar de sus ansiosas cavilaciones, ninguna razón honesta (es decir, ninguna que no estuviera relacionada con su propio placer momentáneo y con la pasión de la vanidad masculina) por la cual a su prometida no se le debiera haber permitido la misma libertad de experiencia que a él.
Semejantes preguntas, a semejantes horas, tenían que cruzársele por la mente; pero era consciente de que su incómoda persistencia y precisión se debían a la inoportuna llegada de la condesa Olenska. Allí estaba él, en el mismo momento de su compromiso —un momento para pensamientos puros y esperanzas sin nubes—, arrojado de golpe a una maraña de escándalo que planteaba todos los problemas particulares que él habría preferido dejar en paz. «¡Que se la lleve el diablo a Ellen Olenska!», refunfuñó mientras tapaba el fuego y empezaba a desnudarse. No lograba comprender realmente por qué el destino de ella habría de tener la menor relación con el suyo; sin embargo, intuía vagamente que apenas empezaba a medir los riesgos de la defensa que su compromiso le había impuesto.
Pocos días después cayó el rayo.
Los Lovell Mingott habían enviado invitaciones para lo que se conocía como «una comida formal» (es decir, tres lacayos adicionales, dos platos por cada tiempo y un ponche romano en el centro), y habían encabezado sus invitaciones con las palabras «Para conocer a la condesa Olenska», de acuerdo con la hospitalaria usanza americana, que trata a los extranjeros como si fuesen de la realeza, o al menos como a sus embajadores.
Los invitados habían sido elegidos con una audacia y un discernimiento en los que los iniciados reconocían la firme mano de Catalina la Grande.
Asociados a figuras tan inmemoriales y fijas como los Selfridge Merry, a quienes se invitaba a todas partes porque siempre había sido así, los Beaufort, con los que existía un vínculo de parentesco, y el señor Sillerton Jackson y su hermana Sophy (que iba dondequiera que su hermano se lo dijera), figuraban algunos de los miembros más elegantes y a la vez más irreprochables del dominante grupo de los «jóvenes casados»: los Lawrence Lefferts, la señora Lefferts Rushworth (la encantadora viuda), los Harry Thorley, los Reggie Chivers y el joven Morris Dagonet junto a su esposa (que era una van der Luyden).
La compañía, en verdad, estaba perfectamente seleccionada, ya que todos sus miembros pertenecían al pequeño grupo exclusivo de personas que, durante la larga temporada de Nueva York, se divertían juntas a diario y por las noches con un entusiasmo aparentemente inagotable.
Cuarenta y ocho horas más tarde había ocurrido lo increíble; todo el mundo había rechazado la invitación de los Mingott, excepto los Beaufort y el viejo señor Jackson con su hermana.
El desaire intencionado se veía enfatizado por el hecho de que incluso los Reggie Chivers, que pertenecían al clan de los Mingott, se contaban entre quienes lo infligían; y por la redacción uniforme de las notas, en todas las cuales los remitentes «lamentaban no poder aceptar», sin la excusa mitigadora de un «compromiso anterior» que la cortesía ordinaria prescribía.
La sociedad de Nueva York era, por entonces, demasiado pequeña y escasa en recursos como para que todos sus miembros (incluyendo cocheros, mayordomos y cocineros) no supieran con exactitud qué noches la gente tenía libres; y así era posible que los destinatarios de las invitaciones de la señora Lovell Mingott dejaran dolorosamente clara su determinación de no encontrarse con la condesa Olenska.
El golpe era inesperado; pero los Mingott, fiel a su costumbre, le hicieron frente con hidalguía.
La señora Lovell Mingott confió el caso a la señora Welland, quien se lo confió a Newland Archer; este, indignado por el ultraje, apeló con pasión y autoridad a su madre; ella, tras un doloroso periodo de resistencia interior y vacilaciones externas, sucumbió a sus instancias (como le ocurría siempre) y, abrazando de inmediato la causa de su hijo con una energía redoblada por sus previas dudas, se puso su sombrero de terciopelo gris y dijo: «Iré a ver a Louisa van der Luyden».
El Nueva York de los tiempos de Newland Archer era una pirámide pequeña y escurridiza, en la cual, por entonces, apenas se había abierto una grieta o ganado un punto de apoyo.
En su base había un sólido cimiento de lo que la señora Archer llamaba «gente corriente»; una mayoría honrada pero oscura de familias respetables que (como en el caso de los Spicer, los Leffertse o los Jackson) habían sido elevadas por encima de su nivel al casarse con uno de los clanes gobernantes.
La gente, solía decir la señora Archer, no era tan quisquillosa como antes; y con la vieja Catherine Spicer gobernando un extremo de la Quinta Avenida, y Julius Beaufort el otro, no se podía esperar que las viejas tradiciones durasen mucho más.
Estrechándose firmemente hacia arriba desde este adinerado pero discreto subestrato se encontraba el grupo compacto y dominante que los Mingott, los Newland, los Chivers y los Manson representaban tan activamente.
La mayoría de la gente los imaginaba como la cúspide misma de la pirámide; pero ellos mismos (al menos los de la generación de la señora Archer) eran conscientes de que, a los ojos del genealogista profesional, solo un número aún menor de familias podía reclamar tal eminencia.
—No me digáis —solía decir la señora Archer a sus hijos—, todas esas tonterías de los periódicos modernos sobre una aristocracia neoyorquina. Si la hay, ni los Mingott ni los Mansons pertenecen a ella; no, ni tampoco los Newlands ni los Chivers.
Nuestros abuelos y bisabuelos eran simplemente respetables comerciantes ingleses u holandeses, que vinieron a las colonias a hacer fortuna y se quedaron aquí porque les fue muy bien.
Uno de vuestros bisabuelos firmó la Declaración, y otro fue general en el estado mayor de Washington, y recibió la espada del general Burgoyne tras la batalla de Saratoga. De estas cosas hay que estar orgullosos, pero no tienen nada que ver con el rango o la clase.
Nueva York siempre ha sido una comunidad comercial, y no hay en ella más de tres familias que puedan reclamar un origen aristocrático en el verdadero sentido de la palabra.
La señora Archer, su hijo y su hija, al igual que todos los demás en Nueva York, sabían quiénes eran estos seres privilegiados:
- los Dagonet de Washington Square, descendientes de una antigua familia de la nobleza rural inglesa emparentada con los Pitt y los Fox;
- los Lanning, que habían contraído matrimonio con los descendientes del conde de Grasse, y
- los van der Luyden, descendientes directos del primer gobernador holandés de Manhattan, emparentados por matrimonios prerrevolucionarios con varios miembros de la aristocracia francesa y británica.
Los Lanning solo sobrevivían en la persona de dos señoritas Lanning, muy ancianas pero vivaces, que vivían alegremente y entre recuerdos rodeadas de retratos familiares y muebles Chippendale; los Dagonet eran un clan considerable, emparentado con los mejores apellidos de Baltimore y Filadelfia; pero los van der Luyden, que estaban por encima de todos ellos, se habían desvanecido en una especie de crepúsculo superterrenal del que solo emergían imponentemente dos figuras: las del señor y la señora Henry van der Luyden.
Mrs. Henry van der Luyden había sido Louisa Dagonet, y su madre había sido nieta del coronel du Lac, perteneciente a una antigua familia de las Islas del Canal, que había combatido a las órdenes de Cornwallis y se había establecido en Maryland, tras la guerra, con su esposa, Lady Angelica Trevenna, quinta hija del conde de St. Austrey.
El vínculo entre los Dagonet, los du Lac de Maryland y sus aristocráticos parientes de Cornualles, los Trevenna, siempre había sido estrecho y cordial.
El señor y la señora van der Luyden habían hecho más de una visita larga al actual jefe de la casa de Trevenna, el duque de St. Austrey, en su finca campestre de Cornualles y en St. Austrey, en Gloucestershire; y Su Gracia había anunciado con frecuencia su intención de devolverles la visita algún día (sin la duquesa, que temía el Atlántico).
El señor y la señora van der Luyden dividían su tiempo entre Trevenna, su residencia en Maryland, y Skuytercliff, la gran finca a orillas del Hudson que había sido una de las concesiones coloniales del gobierno holandés al famoso primer Gobernador, y de la cual el señor van der Luyden seguía siendo «patrón».
Su gran y solemne casa de Madison Avenue rara vez se abría, y cuando venían a la ciudad solo recibían en ella a sus amigos más íntimos.
—Ojalá quisieras venir conmigo, Newland —dijo su madre, deteniéndose de pronto en la puerta del cupé de los Brown—. Louisa te tiene afecto; y, por supuesto, doy este paso por la querida May, y también porque, si no nos mantenemos todos unidos, no quedará nada que se parezca a la Buena Sociedad.