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nydus/The Age of InnocencePublic
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Capítulo II

¡en la Ópera nada menos, y en el mismo palco con la joven cuyo compromiso con él, Newland Archer, iba a anunciarse en pocas semanas! No, se sentía como el viejo Sillerton Jackson; ¡no creía que los Mingott se hubieran atrevido a tanto!

Sabía, por supuesto, que lo que fuera que un hombre se atreviera a hacer (dentro de los límites de la Quinta Avenida), la vieja señora Manson Mingott, la matriarca de la estirpe, se atrevería a hacerlo.

Siempre había admirado a la altiva y poderosa anciana, quien, a pesar de haber sido meramente Catherine Spicer de Staten Island, con un padre misteriosamente desacreditado y ni el dinero ni la posición suficientes para hacer que la gente lo olvidara, se había emparentado con el jefe de la acaudalada estirpe de los Mingott, casado a dos de sus hijas con «extranjeros» (un marqués italiano y un banquero inglés) y puesto el broche de oro a sus audacias construyendo una gran casa de piedra de color crema pálido (cuando la arenisca marrón parecía tan ineludible como la levita por la tarde) en un yermo inaccesible cerca de Central Park.

Las hijas extranjeras de la anciana señora Mingott se habían convertido en una leyenda. Jamás volvieron a ver a su madre y esta última, siendo, como muchas personas de mente activa y voluntad dominante, casera y corpulenta por hábito, se había quedado filosóficamente en casa.

Pero la casa de color crema (supuestamente modelada a imagen de los hôtels particuliers de la aristocracia parisina) estaba allí como prueba visible de su valor moral; y reinaba en ella, entre muebles prerrevolucionarios y recuerdos de las Tullerías de Luis Napoleón (donde había brillado en su madurez), con tanta placidez como si no hubiera nada extraño en vivir más arriba de la calle Treinta y cuatro, o en tener ventanales franceses que se abrían como puertas en vez de marcos de guillotina.

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