siempre estaba abierta y una cortina de damasco amarillo recogida con presillas) la inesperada perspectiva de un dormitorio con una cama baja y enorme, tapizada como un sofá, y un tocador con frívolos volantes de encaje y un espejo con marco dorado.
Sus visitantes se sentían desconcertados y fascinados por la excentricidad de esta disposición, que recordaba a escenas de la ficción francesa y a incentivos arquitectónicos para la inmoralidad como los que el sencillo estadounidense jamás había imaginado. Así era como vivían las mujeres con amantes en las perversas sociedades de antaño, en pisos con todas las habitaciones en una sola planta y con todas las indecentes proximidades que describían sus novelas. A Newland Archer (quien en secreto había ubicado las escenas amorosas de Monsieur de Camors en el dormitorio de la señora Mingott) le divertía imaginarse la vida irreprochable de ella transcurriendo en el decorado propio del adulterio; pero se decía a sí mismo, con