Newland Archer, durante este breve episodio, se había visto sumido en un extraño estado de perplejidad.
Era irritante que el palco que así atraía la atención unánime del Nueva York masculino fuera aquel en el que su prometida estaba sentada entre su madre y su tía; y por un momento no pudo reconocer a la dama del vestido de estilo Imperio, ni imaginar por qué su presencia causaba tal entusiasmo entre los iniciados.
Entonces la luz se hizo en él, y con ella llegó una oleada momentánea de indignación. ¡No, en verdad; nadie habría pensado que los Mingott lo intentarían!
Pero lo habían hecho; sin duda lo habían hecho; pues los comentarios en voz baja a sus espaldas no le dejaban a Archer la menor duda de que la joven era prima de May Welland, aquella prima a la que en la familia siempre se referían como «la pobre Ellen Olenska». Archer sabía que había llegado repentinamente de Europa uno o dos días antes; incluso había oído de labios de la señorita Welland (no sin cierta aprobación) que había ido a ver a la pobre Ellen, quien se hospedaba con la vieja señora Mingott. Archer aprobaba plenamente la solidaridad familiar, y una de las cualidades que más admiraba de los Mingott era su firme defensa de las pocas ovejas negras que su inmaculado linaje había producido. No había nada mezquino ni tacaño en el corazón del joven, y se alegraba de que su futura esposa no se dejara cohibir por una falsa prudencia a la hora de ser amable (en privado) con su desdichada prima; pero recibir a la condesa Olenska en el círculo familiar era muy diferente a presentarla en público,