más cercanas al corazón. Su alegría era tan profunda que este desdibujamiento de la superficie dejaba intacta su esencia; pero a él le habría gustado mantener la superficie pura también. Era motivo de cierta satisfacción comprobar que May Welland compartía este sentimiento. Sus ojos huyeron hacia los suyos con súplica, y su mirada decía: «Recuerda que estamos haciendo esto porque es lo correcto».
Ninguna apelación habría podido encontrar una respuesta más inmediata en el pecho de Archer; pero le hubiera gustado que la necesidad de la acción de ambos hubiera estado representada por alguna razón ideal, y no simplemente por la pobre Ellen Olenska. El grupo que rodeaba a la señorita Welland le abrió paso con sonrisas significativas y, tras recibir su parte de las felicitaciones, condujo a su prometida hacia el centro de la pista de baile y la ceñió por la cintura.
—Ahora no tendremos que hablar —dijo, sonriendo a sus ojos francos, mientras se dejaban llevar por las suaves olas del «Danubio azul».
Ella no respondió. Sus labios temblaron esbozando una sonrisa, pero los ojos siguieron distantes y serios, como si estuvieran fijos en alguna visión inefable.
—Querida —susurró Archer, estrechándola contra su pecho: se le impuso la convicción de que las primeras horas del compromiso, aun pasadas en un salón de baile, poseían algo de grave y sacramental.
¡Qué nueva vida iba a ser aquella, con esta blancura, este esplendor y esta bondad al lado de uno!
Terminado el baile, los dos, como correspondía a una pareja prometida, se adentraron en el invernadero; y sentados tras un alto biombo de