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nydus/The Age of InnocencePublic
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III

Invariablemente ocurría de la misma manera.

La señora de Julius Beaufort, la noche de su baile anual, nunca faltaba a la Ópera; de hecho, siempre organizaba su baile una noche de Ópera con el fin de recalcar su absoluta superioridad ante las preocupaciones domésticas y el hecho de contar con un personal de servicio competente para organizar cada detalle del festejo en su ausencia.

La casa de los Beaufort era una de las pocas en Nueva York que poseía un salón de baile (antecedía incluso al de la señora Manson Mingott y al de los Headly Chivers); y en una época en que empezaba a considerarse «provinciano» colocar una lona sobre el suelo del salón principal y mudar los muebles arriba, la posesión de un salón de baile que no se destinaba a ningún otro uso, y que se dejaba durante trescientos sesenta y cuatro días al año en la oscuridad de las contraventanas, con las sillas doradas apiladas en un rincón y la lámpara de araña metida en una funda; se sentía que esta indiscutible superioridad compensaba cualquier aspecto lamentable del pasado de los Beaufort.

Mrs. Archer, que era aficionada a acuñar su filosofía social en forma de axiomas, había dicho una vez: «Todos tenemos a nuestra gente vulgar favorita...», y aunque la frase era osada, su verdad era admitida en secreto en más de un pecho exclusivo.

Pero los Beaufort no eran exactamente vulgares; alguna gente decía que eran aún peores. Mrs. Beaufort pertenecía en verdad a una de las familias más honradas de América; había sido la encantadora Regina Dallas (de la rama de Carolina del Sur), una belleza sin un sou introducida en la sociedad de Nueva York por su prima, la imprudente Medora Manson, que siempre hacía lo incorrecto por el motivo correcto.

Cuando uno estaba emparentado con los Manson y los Rushworth, tenía un droit de cité (como lo llamaba Mr. Sillerton Jackson, que había frecuentado las Tullerías) en la sociedad neoyorquina; pero ¿acaso no se perdía al casarse con Julius Beaufort?

La pregunta era: ¿quién era Beaufort? Pasaba por inglés, era agradable, apuesto, malhumorado, hospitalario e ingenioso.

Había venido a América con cartas de recomendación del yerno inglés de la anciana señora Manson Mingott, el banquero, y pronto se había labrado una posición importante en el mundo de los negocios; pero sus costumbres eran licenciosas, su lengua era mordaz, sus antecedentes eran misteriosos; y cuando Medora Manson anunció el compromiso de su prima con él, se consideró un acto de insensatez más en el largo historial de imprudencias de la pobre Medora.

Pero la necedad se justifica tan a menudo por sus hijos como la sabiduría, y dos años después del matrimonio de la joven señora Beaufort se admitía que ella tenía la casa más distinguida de Nueva York.

Nadie sabía exactamente cómo se había logrado el milagro. Era indolente, pasiva, los más cáusticos incluso la tildaban de sosa; pero vestida como una ídola, colgada de perlas, volviéndose cada año más joven, más rubia y más hermosa, reinaba en el pesado palacio de piedra rojiza del señor Beaufort y atraía a todo el mundo allí sin levantar su diminuto dedo enjoyado.

La gente entendida decía que era el propio Beaufort quien entrenaba a los sirvientes, enseñaba nuevos platos al chef, indicaba a los jardineros qué flores de invernadero cultivar para la mesa del comedor y los salones, seleccionaba a los invitados, preparaba el ponche después de cenar y dictaba las breves notas que su esposa escribía a sus amigas.

Si lo hacía, estas actividades domésticas se realizaban en privado, y él presentaba ante el mundo la apariencia de un millonario despreocupado y hospitalario que paseaba por su propio salón con la indiferencia de un invitado, y decía:

«Las gloxinias de mi mujer son una maravilla, ¿verdad? Creo que las trae directamente de Kew».

El secreto del señor Beaufort, según convenía la gente, era su manera de salir siempre adelante.

De nada servía cuchichear que la casa bancaria internacional en la que había trabajado lo había “ayudado” a marchar de Inglaterra; él se desentendía de aquel rumor con tanta facilidad como del resto —a pesar de que la conciencia comercial de Nueva York no era menos sensible que su listón moral—; arrasaba con todo a su paso y arrastraba a todo Nueva York a sus salones, y desde hacía ya más de veinte años la gente decía que iba a «casa de los Beaufort» con el mismo tono de seguridad que si hubiese dicho que iba a casa de la señora Manson Mingott, y con el añadido de saber que allí les servirían patos silvestres calientes y vinos de añada, en lugar de un templado Veuve Clicquot sin año y unas croquetas recalentadas procedentes de Filadelfia.

La señora Beaufort, pues, había hecho su aparición como de costumbre en su palco justo antes de la «Joya del aria»; y cuando, también como de costumbre, se levantó al final del tercer acto, se abrochó el abrigo de ópera sobre los hombros encantadores y desapareció, Nueva York supo que eso significaba que media hora más tarde empezaría el baile.

La casa de los Beaufort era de esas que los neoyorquinos se enorgullecían de mostrar a los extranjeros, especialmente la noche del baile anual.

Los Beaufort habían sido de los primeros en Nueva York en tener su propia alfombra de terciopelo rojo y hacer que sus propios lacayos la extendieran por los escalones bajo su propio toldo, en lugar de alquilarla junto con la cena y las sillas del salón de baile.

También habían inaugurado la costumbre de permitir que las damas se quitaran las capas en el vestíbulo, en lugar de arrastrarse hasta el dormitorio de la anfitriona y volverse a rizar el pelo con la ayuda del mechero de gas; se decía que Beaufort había comentado que suponía que todas las amigas de su esposa tenían doncella para asegurarse de que estuvieran debidamente coiffées al salir de casa.

Luego, la casa había sido audazmente proyectada con un salón de baile para que, en vez de apretarse por un pasillo estrecho para llegar a él (como en casa de los Chivers), se avanzara solemnemente por una perspectiva de salones en fila (el verde mar, el carmesí y el bouton d’or), viendo desde lejos las arañas de múltiples bujías reflejadas en la tarima pulida, y más allá los fondos de un invernadero donde camelias y helechos arborescentes arqueaban su fronda costosa sobre asientos de bambú negro y dorado.

Newland Archer, como correspondía a un joven de su posición, llegó con cierto retraso.

Había dejado el abrigo con los lacayos de medias de seda (las medias eran una de las pocas fatuidades de Beaufort), se habia entretenido un rato en la biblioteca tapizada en cuero español y amueblada con muebles de Buhl y malaquita, donde unos cuantos hombres charlaban y se ponían los guantes de baile, y finalmente se había unido a la fila de invitados que la señora Beaufort estaba recibiendo en el umbral del salón carmesí.

Archer estaba francamente nervioso. No había vuelto a su club después de la Ópera (como solían hacer los jóvenes apuestos), sino que, como la noche estaba agradable, había recorrido una buena distancia por la Quinta Avenida antes de emprender el regreso hacia la casa de los Beaufort.

Temía verdaderamente que los Mingott estuvieran yéndose demasiado lejos; que, de hecho, tuvieran órdenes de la abuela Mingott de llevar a la condesa Olenska al baile.

Por el tono del palco del club, había comprendido cuán grave error habría sido aquello; y, aunque estaba más decidido que nunca a «llegar hasta el final», se sentía menos con anhelos caballerescos de defender al primo de su prometida que antes de su breve charla en la Ópera.

Al deambular hacia el salón bouton d’or (donde Beaufort había tenido la audacia de colgar El amor victorioso, el muy comentado desnudo de Bouguereau), Archer encontró a la señora Welland y a su hija de pie cerca de la puerta del salón de baile. Las parejas ya se deslizaban por el suelo al otro lado: la luz de las velas de cera caía sobre faldas de tul giratorias, sobre cabezas de jóvenes en guirnaldas con modestas flores, sobre los vistosos penachos y adornos de los peinados de las jóvenes casadas, y sobre el brillo de las pecheras almidonadas y los guantes de glacé recién estrenados.

Miss Welland, evidentemente a punto de unirse a los bailarines, se detuvo en el umbral con sus lirios de los valles en la mano (no llevaba ningún otro ramo), el rostro un poco pálido, los ojos encendidos de una cándida emoción.

Un grupo de jóvenes y muchachas se congregaba a su alrededor, y había muchos apretones de manos, risas y bromas sobre los cuales la señora Welland, de pie y un tanto apartada, proyectaba el rayo de una aprobación moderada.

Era evidente que la señorita Welland estaba en el acto de anunciar su compromiso, mientras su madre fingía el aire de reticencia paternal considerado adecuado para la ocasión.

Archer se detuvo un momento. Había sido por expresa voluntad suya que se había hecho el anuncio, y, sin embargo, no era así como le habría gustado que se conociera su felicidad.

Proclamarlo en el calor y el ruido de un salón de baile abarrotado era despojarlo de la sutil flor de la intimidad que debía pertenecer a las cosas más cercanas al corazón. Su alegría era tan profunda que este desdibujamiento de la superficie dejaba intacta su esencia; pero a él le habría gustado mantener la superficie pura también.

Era motivo de cierta satisfacción comprobar que May Welland compartía este sentimiento. Sus ojos huyeron hacia los suyos con súplica, y su mirada decía: «Recuerda que estamos haciendo esto porque es lo correcto».

Ninguna apelación habría podido encontrar una respuesta más inmediata en el pecho de Archer; pero le hubiera gustado que la necesidad de la acción de ambos hubiera estado representada por alguna razón ideal, y no simplemente por la pobre Ellen Olenska. El grupo que rodeaba a la señorita Welland le abrió paso con sonrisas significativas y, tras recibir su parte de las felicitaciones, condujo a su prometida hacia el centro de la pista de baile y la ceñió por la cintura.

—Ahora no tendremos que hablar —dijo, sonriendo a sus ojos francos, mientras se dejaban llevar por las suaves olas del «Danubio azul».

Ella no respondió. Sus labios temblaron esbozando una sonrisa, pero los ojos siguieron distantes y serios, como si estuvieran fijos en alguna visión inefable.

—Querida —susurró Archer, estrechándola contra su pecho: se le impuso la convicción de que las primeras horas del compromiso, aun pasadas en un salón de baile, poseían algo de grave y sacramental.

¡Qué nueva vida iba a ser aquella, con esta blancura, este esplendor y esta bondad al lado de uno!

Terminado el baile, los dos, como correspondía a una pareja prometida, se adentraron en el invernadero; y sentados tras un alto biombo de helechos arborescentes y camelias, Newland besó la mano guantada de ella.

—Vea que hice lo que me pidió —dijo ella.

—Sí: no veía la hora —respondió con una sonrisa. Tras un momento añadió—: Solo que desearía que no hubiera tenido que ser en un baile.

—Sí, lo sé. —Ella le devolvió la mirada con comprensión—. Pero, después de todo⁠—incluso aquí estamos a solas, ¿verdad?

“¡Oh, querido⁠—siempre!” exclamó Archer.

Evidently she was always going to understand; she was always going to say the right thing. The discovery made the cup of his bliss overflow, and he went on gaily:

“The worst of it is that I want to kiss you and I can’t.”

As he spoke he took a swift glance about the conservatory, assured himself of their momentary privacy, and catching her to him laid a fugitive pressure on her lips. To counteract the audacity of this proceeding he led her to a bamboo sofa in a less secluded part of the conservatory, and sitting down beside her broke a lily-of-the-valley from her bouquet.

She sat silent, and the world lay like a sunlit valley at their feet.

—¿Se lo dijiste a mi prima Ellen? —preguntó al cabo, como si hablara a través de un sueño.

Se despertó, y recordó que no lo había hecho. Una repugnancia invencible a hablar de tales cosas con aquella extraña mujer extranjera le había retenido las palabras en los labios.

—No—al final no tuve la oportunidad —dijo, mintiendo a toda prisa.

—Ah. Pareció decepcionada, pero firmemente decidida a salir con la suya—. Pues tendrás que hacerlo, porque yo tampoco lo hice; y no me gustaría que ella pensara...

—Por supuesto que no. Pero, al fin y al cabo, ¿no es usted la persona indicada para hacerlo?

Ella meditó sobre esto.

«Si lo hubiera hecho en el momento oportuno, sí: pero ahora que ha habido un retraso, creo que debes explicarle que te había pedido que se lo dijeras en la Ópera, antes de que habláramos de ello con todos los presentes aquí. De lo contrario, podría pensar que la he olvidado. Verás, es parte de la familia y ha estado fuera tanto tiempo que está bastante... susceptible».

Archer la miró con arrobamiento. —¡Querida y gran ángel! Por supuesto que se lo diré. —Miró con cierto temor hacia el salón de baile abarrotado—. Pero aún no la he visto. ¿Ha llegado?

“No; a última hora decidió no hacerlo”.

—¿A última hora? —repitió él, delatando su sorpresa de que ella hubiera podido considerar posible la otra opción.

—Sí. Le gusta muchísimo bailar —contestó la joven con sencillez—. Pero de repente se metió en la cabeza que su vestido no era lo bastante elegante para un baile, aunque a nosotros nos parecía precioso; y así que mi tía tuvo que llevarla a casa.

—Ah, bueno... —dijo Archer con feliz indiferencia. Nada de su prometida le agradaba más que su firme determinación de llevar hasta el último extremo aquel ritual de ignorar lo «desagradable» en el que ambos habían sido educados.

—Ella sabe tan bien como yo —pensó— la verdadera razón por la cual su prima se mantiene alejada; pero jamás le dejaré ver por el más mínimo indicio que soy consciente de que existe ni la sombra de una sombra sobre la reputación de la pobre Ellen Olenska.

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