sus mujeres. Las desdichas mujeres que llevan y amamantan a sus bebés se han visto obligadas a ir a las minas y fábricas a doblar la espalda y agotar sus nervios. * Con sus propias manos han roto la vida y el vigor
¡Qué vergüenza para los proletarios! ¿Dónde están esas vecinas amas de casa de las que nos hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos, audaces y francas de palabra, amantes de Baco? ¿Dónde están esas muchachas lozanas, siempre en movimiento, siempre cocinando, siempre cantando, siempre propagando la vida, engendrando la alegría de la vida, dando a luz sin dolor a hijos sanos y vigorosos? ...
Hoy tenemos obreras de fábrica y mujeres, flores pálidas y marchitas, con sangre impoverecida, con estómagos desordenados, con miembros lánguidos ... ¡Jamás han conocido el placer de una pasión saludable, ni serían capaces de hablar de ella alegremente!
¿Y los niños? ¡Doce horas de trabajo para los niños! Oh, miseria. Pero ni todos los Jules Simon de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, ni todas las Alemanias del jesuitismo, habrían podido inventar un vicio más degradante para la inteligencia de los niños, más corruptor de sus instintos, más destructor de su organismo que el trabajo en la atmósfera viciada de la fábrica capitalista.
Nuestra época ha sido llamada el siglo del trabajo. Es, de hecho, el siglo del dolor, la miseria y la corrupción.
Y todo este tiempo los filósofos, los economistas burgueses –desde el dolorosamente confuso August Comte hasta el ridículamente lúcido Leroy Beaulieu; la gente de la literatura burguesa –desde el charlatanesca y románticamente Victor Hugo hasta el ingenuamente grotesco Paul de Kock, – todos han entonado canciones nauseabundas en honor al dios Progreso, el hijo mayor del Trabajo.